Cosas de la Ciudad: Buscan tipificar embarazo infantil
Por: El Diablo Cojuelo

REFORMA– La propuesta de tipificar el “abuso sexual por embarazo infantil” llega tarde, pero llega, y eso ya dice mucho del abandono institucional frente a una realidad incómoda que durante años se ha maquillado con silencio. Llamar a las cosas por su nombre incomoda porque rompe narrativas permisivas donde el agresor se diluye y la víctima carga con el estigma. La iniciativa pone el dedo en la llaga; no hay consentimiento posible en la infancia, solo abuso encubierto.
SANCIÓN– Endurecer penas suena contundente, pero la experiencia demuestra que el castigo por sí solo no corrige estructuras sociales que normalizan la violencia. Las sanciones de prisión, multas y pérdida de derechos parentales buscan disuadir, aunque el verdadero reto está en que se apliquen sin simulación. Porque en México sobran leyes ejemplares y faltan autoridades que las ejecuten. Sin investigación efectiva y seguimiento judicial real, el mensaje se diluye y la impunidad vuelve a imponerse.
REALIDAD– El problema no es solo legal, es cultural y profundamente arraigado. Mientras persistan entornos donde la violencia contra niñas se minimiza o se justifica, cualquier reforma será apenas un parche. La iniciativa visibiliza, pero no resuelve por sí sola la raíz del problema: educación sexual deficiente, instituciones rebasadas y comunidades que callan. Si no se acompaña de prevención y atención integral, la ley llegará tarde, cuando la infancia ya fue vulnerada sin retorno.
PRIORIDADES– Mientras la crisis del agua aprieta en la capital, Enrique Galindo Ceballos anda de gira en la Huasteca moviendo fichas que poco alivian a quienes abren la llave y no encuentran nada. ¿Qué hace allá cuando lo urgente está aquí? Negar la escasez y los baches no los desaparece, solo evidencia la distancia entre discurso y realidad. Gobernar implica resolver, no recorrer territorios mientras la ciudad se queda seca.
AGUA– Pagas puntual, abres la llave y lo único que sale es frustración; la crisis hídrica dejó de ser advertencia y se volvió burla institucional. Mientras autoridades reparten excusas como si fueran garrafones, la ciudadanía sobrevive entre tandeos, pipas y promesas recicladas. El sistema cobra como si garantizara servicio, pero entrega sequía. Y en ese absurdo cotidiano, la pregunta ya no es cuándo llegará el agua, sino quién se hará responsable de una falla que lleva años escurriéndose.
VIOLENCIA– La capital potosina vuelve a sacudirse con sangre tras una riña en el bar “La Villita” que dejó dos personas sin vida y tres más lesionadas, confirmando que la noche también se ha vuelto territorio de riesgo. Más allá del hecho aislado, el problema es la repetición: espacios sin control, conflictos que escalan y autoridades que reaccionan cuando ya es tarde. La pregunta incómoda persiste: ¿quién vigila antes de que la violencia cruce la puerta?
ABANDONO– Gran parte de la avenida Fleming permanece en penumbras desde hace semanas, convirtiendo la zona en un corredor de riesgo donde la oscuridad protege a vándalos y deja indefensos a peatones y automovilistas. La falta de alumbrado y patrullaje no es descuido menor, es una omisión que abre la puerta a la inseguridad.
RIESGO– Antes de subir al puente de la glorieta a Juárez, en el desvío hacia Salvador Nava, el asfalto levantado lleva tiempo sin atención y se ha vuelto una trampa para conductores. Vehículos que se descontrolan, maniobras forzadas y el peligro latente de un accidente grave evidencian otra falla ignorada, donde la tragedia no sería sorpresa, sino consecuencia anunciada.
SONIDOS– La calle no es salón de baile ni extensión de fiestas privadas, y cerrarla como si fuera patio propio es una falta de respeto al derecho de todos a transitar. La costumbre de apropiarse del espacio público para eventos particulares revela más desorden que tradición, mientras la autoridad mira hacia otro lado. La convivencia no puede sostenerse sobre la imposición; si hay reglas, deben cumplirse, porque lo público no es negociable ni heredable.
INSEGURIDAD– Los “rompe vidrios” siguen haciendo de las noches su horario laboral, dejando a su paso autos destrozados y pertenencias desaparecidas como si la ciudad fuera zona liberada. Computadoras, estéreos y celulares se convierten en botín ante la ausencia de vigilancia efectiva y estrategias reales. El problema no es nuevo, lo grave es la normalización: denuncias que no avanzan y operativos que no se ven. Mientras tanto, la ciudadanía paga el costo de una seguridad que simplemente no llega.
EXTORSIÓN– Las llamadas insistentes a deshoras se han vuelto el nuevo acoso cotidiano: números desconocidos, amenazas recicladas y una autoridad que llega tarde o no llega. Denunciar parece trámite, no solución, mientras los delincuentes operan con guiones baratos pero efectivos. El problema no es solo la frecuencia, es la impunidad que los respalda. Sin inteligencia, rastreo y respuesta rápida, el teléfono deja de ser herramienta y se convierte en instrumento de miedo que nadie logra silenciar.


