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    ‘La poesía puede ser un veneno y un remedio’: Emmanuel Carrère

    By on 13 junio, 2021
    Emanuel

     

    ¿Qué es la magia si no aprender a leer el lenguaje secreto de la vida?

    La coincidencia casi para una novela: el tiempo y los pensamientos que acompañan a un escritor entre el final de una ronda de entrevistas, en las que deberá ahondar en su último libro publicado, Yoga, y el anuncio de un reconocimiento por las obras acumuladas en toda una vida.

    Ocurrió hace unos días. Él, Emmanuel Carrère (1957), recibiendo el galardón. Nada menos que el Princesa de Asturias de las Letras 2021. Pero, y horas antes de que le fuera anunciado el premio, en una entrevista previamente acordada desde Madrid y en exclusiva, conversé con él: Carrère, el  gran Carrère…

    El escritor francés, reconocido el miércoles pasado porque “sus libros contribuyen al desenmascaramiento de la condición humana y diseccionan la realidad de manera implacable”, según el jurado del Princesa de Asturias, cuenta de manera paralela su experiencia al practicar el yoga durante 30 años y la depresión profunda que lo llevó a permanecer cuatro meses en un hospital siquiátrico. Pero también evoca el poder sanador de la poesía.

    Ha tomado por sorpresa a todo el mundo con Yoga. ¿Qué lo llevó a escribir este libro como una suerte de diario que decidió compartir?

    Hace más de 30 años que practico yoga y decidí que quizá tenía algo qué decir al respecto. Para nada como un maestro, sino como un aprendiz asiduo.

    Y empecé a escribir esto a la vez como una suerte de diario intentando aportar algunas ideas y algunos recuerdos, porque pienso que muchas personas hacen yoga sin saber exactamente qué es.

    Es decir, hacen posturas y eso está muy bien, porque es muy bueno para la salud y la calma, y está perfecto. Pero, sin duda, el yoga es algo mucho más abundante y extenso, y de eso tenía ganas de hablar”.

    Comienza por compartirnos su experiencia con el yoga, su conocimiento a nivel físico y espiritual; pero también cómo se asomó a los abismos que la precedieron y sucedieron.

    Sí, porque si bien es cierto que el yoga es muy benéfico, también es que no te protege contra las desdichas de la vida ni la enfermedad mental. Y ocurrió que, al mismo tiempo que escribía este libro sobre el yoga, diversas circunstancias generaron que cayera en una especie de depresión profunda y que durante cuatro meses estuviera hospitalizado en un psiquiátrico. Entonces, me dije que sería interesante contar todo esto en el mismo volumen.

    Hemos visto libros de yoga que son de desarrollo personal y que te aseguran que estarás feliz y armónico; pero hay también momentos en la vida en los que uno no está ni feliz ni armonioso. Y que si el yoga no lo toma en cuenta, entonces no es el yoga”.

    Cuando lo leí, me pregunté si todas las personas tenemos las herramientas para luchar contra los miedos, los abismos, sus fantasmas. Me acordé de Una novela rusa y encontré una conexión entre ambos libros: es inevitable buscar alguna práctica que pueda salvarnos.

    Me conmueve que cites ese libro, porque también es autobiográfico: cuento un periodo de crisis. Y sí: de la misma forma es un descenso a los infiernos, un clavado a todo eso que es aterrador de la existencia humana; y también, afortunadamente, remonté y encontré que valía la pena narrarlo y ponerlo en perspectiva del deseo que tenemos de estar más alineados, ser mejores simplemente.

    Porque el yoga sirve para eso: no solamente para tener un cuerpo más escultural y una respiración más calmada; sirve para estar más atentos a nosotros mismos y ante los demás, a ser más empáticos. Sí es una gimnasia; pero, insisto, es algo más profundo, verdaderamente un camino de vida”.

    Hablando de lo físico, ¿hay algo que se detiene, algo que se calla cuando el cuerpo está practicando yoga, algo que puede cambiar?

    Claro que puede cambiar, te puede cambiar; de cualquier forma, estamos cambiando todo el tiempo. El yoga está ahí para acompañar el perpetuo movimiento de la vida, pero de una manera mucho más flexible y exhaustiva al volver los estados menos absolutos.

    Es decir, si vas muy bien no está mal sentir que en algún momento no estarás tan bien; pero, de la misma forma, te permite saber que, cuando no estás bien, en algún momento vas a mejorar. El yoga no solamente es una forma de acompañar la vida, es una forma de vivir. Insisto, no es gimnasia, es el acompañamiento del cambio”.

    En este momento, con la pandemia, la práctica del yoga se ha vuelto muy popular. ¿Piensa que puede ayudar a cambiar el contexto personal, política, socialmente hablando?

    En principio, ahora que todos estamos en casa, contamos con mucho espacio para practicar el yoga. En casa no puedes jugar rugby, pero sí yoga. Ahora bien, ¿qué puede cambiar? No tengo idea, ¿usted lo sabe? (risas).

    ¿Cuál sería el electroshock del alma contemporánea en este contexto?

    Hay una frase de Hölderlin que dice: “ahí donde crece el peligro, crece también lo que salva”. Mientras más nos encontremos en situaciones catastróficas, más existe la posibilidad de bucear en la salvación; es lo que podemos esperar.

    Yo, como tengo un temperamento más pesimista, no creo en la historia de la humanidad que llegará al fondo de la piscina y dará un salto para impulsarse; me encantaría, pero no lo creo. Posiblemente de forma individual cambiaremos un poco, un poquito”.

    Eso me hace pensar en uno de los conceptos con que arranca Yoga: el de “profundidad estratégica”, esa capacidad de replegarse para evitar las amenazas y los peligros del exterior… Y, posiblemente, hacer yoga como “profundidad estratégica” también sea resguardarnos o escapar de nuestros propios fantasmas y de nosotros mismos…

    ¡Por supuesto! La de “profundamente estratégica” es una noción militar de la construcción de un espacio, en el que podemos retroceder si nos hallamos amenazados en nuestras fronteras.

    “Si eso se traslada al terreno sicológico y personal, es muy importante desarrollar una ‘profundidad estratégica’ para que resultemos poco afectados por lo que ocurre al exterior. Las fronteras serían, literalmente, nuestra piel, nuestra interfase con el mundo exterior, nuestro vínculo con el otro, con lo de afuera. Pero ese espacio se construye”.

    Nos cuenta también sobre los abismos que atravesó. Para usted, el yoga ha sido el mejor medio para protegerse; pero, ¿podríamos decir que todo el mundo tiene su propio yoga interior?

    ¡Por supuesto! Yoga no es nada más la práctica de una gimnasia; puedes tocar el piano y eso puede convertirse en tu yoga, puedes reparar tu moto y ése es tu yoga… En realidad, puedes hacerlo todo y convertirlo en tu yoga.

    La clave es hacerlo de forma asidua, continua y confidente, y considerarlo como un vehículo que te conduce a tu camino. Eso es el yoga: es más que la gimnasia, pero también es tu gimnasia”.

    Es decir, la disciplina…

    Pues sí, puede decirse. La constancia, hacer algo con amor y con perseverancia…

    Las dos constantes en la obra de Carrère son la fascinación intelectual por la locura y, no precisamente con la fe, sino con la vida espiritual. En El adversario o El reino, podemos reconocer estas obsesiones que no sólo hacen deliciosa su obra, sino redonda.

    Qué gentil y qué placer que lo digas. Y ahí, regresando al concepto del yoga, hablamos de la idea de poner una misma cuerda sobre dos caballos para hacerlos caminar de forma acompasada.

    Eso hace el yoga: trabaja con el cuerpo elemental para alinear nuestra tendencia de ir hacia lo mejor y más abierto de nosotros; pero también hacia nuestros abismos y nuestra locura. Todo eso ocurre simultáneamente.

    Por eso, en este libro intenté relatar lo poco que sé de yoga a partir de una treintena de años de práctica; y, al mismo tiempo, el paso por una depresión muy profunda que me condujo cuatro meses a un hospital siquiátrico.

    Todos tenemos un emisario terrible que nos cae encima. Yo no estoy loco, pero entiendo de locura y creo que también puede ser muy útil hablar de ello”.

    Justamente, si queremos hablar de salud mental debemos leer Yoga, porque es la mejor invitación a buscar dentro de nosotros mismos…

    Pues es lo que hacemos siempre, sobre todo aquellos que escribimos libros. Generalmente, dentro de nosotros mismos encontramos cosas que no son tan agradables. “Adentro” no es un lugar seguro. Y “uno mismo” no es muy buena compañía.

    Qué valentía para verlo pero, más aún, para escribirlo…

    No es que sea valentía, es que es muy complicado. Cuando hablas de una depresión tan pesada como la que atravesé, no hay valentía particular al nombrarla. No hay nada de vergonzoso, no es una mala acción. Simplemente, es muy difícil describirlo porque, de entrada, no somos los mismos.

    Ése que éramos a mitad de la depresión, ya no se encuentra ahí; en su lugar hay alguien que te habla sin pausas y que ya no está tan mal, que intenta alargar las palabras para describir una experiencia que es terrible, que tiene algo de invisible y de indescriptible.

    Lo que provoca que uno haga lo que puede, casi a tientas, sirviéndose de recuerdos propios y ajenos para reconstruir y describir el pozo en el que estuvo tantos meses y para el que no encuentra palabras que lo describan.

    Y eso es todo lo que tengo, de verdad lo intenté”.

    Precisamente, ¿qué ocurre con las palabras cuando uno se encuentra en estado depresivo?

    Desaparecen. No se tiene acceso a ellas. En un estado depresivo tal, uno se vuelve incapaz de escribir. En un estado decaído, claro que puedes escribir. Pero cuando uno está en ese otro estado que se denomina técnicamente “depresión melancólica”, se encuentra completamente incapacitado para la escritura.

    ¿Cuál es la diferencia entre la nostalgia y la melancolía?

    Depende del sentido en el que entendamos el concepto de melancolía. Si pensamos en el sentido siquiátrico, es un estado de profunda angustia y ansiedad; no tiene nada que ver con el hecho de estar triste o nostálgico, en el sentido de estados del alma, que puede ser un cielo azul o un cielo atravesado por nubes un poco más grises.

    La depresión melancólica es un cielo completamente negro: no vemos más, no hay luz, ninguna luz; es más: ni siquiera creemos que la luz pueda regresar. Es totalmente otra cosa”.

    Y regresando a las palabras, ¿es por eso que al final de su libro Yoga establece que sólo la poesía logra hoy transmitirle algo? ¿Podemos esperar pronto un libro de poesía de Emmanuel Carrère?

    Ah, ¡cómo me encantaría! He pasado toda mi vida siendo lector de novelas y siendo un extranjero de la poesía. Encontré que, en este estado de depresión, en el que recibí varios electroshocks, hubo un efecto secundario: la memoria se afectó también.

    Y, justamente, por consejo de un amigo, y sólo para ejercitar la memoria, comencé a leer mucha poesía, leer a Víctor Hugo y a otros tantos…

    Y el feliz efecto secundario de ello es que empecé a amar la poesía. Tan así que hoy en día es mi lectura más asidua. Es una cosa completamente nueva para mí”.

    ¿Puede salvarnos la poesía tanto como el yoga?

    Sin duda alguna. Hay una frase, que es una suerte de proverbio medieval, que dice: “cuando todo está envenenado, ya nada envenena”, todo depende de la dosis.

     

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