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    El cautivador pudor de Afrodita Cnida, la primera escultura de una mujer desnuda

    By on 25 febrero, 2021
    pudor

     

    • El pudor de la diosa del amor y el sexo marcó el arte occidental. (Detalle de grabado de Afrodita de Cnidos de Claude Randon 1674 – 1704)

    En el siglo IV a.C. Praxíteles, el más célebre escultor de Grecia de ese entonces, hizo algo escandaloso: una estatua de una mujer desnuda. Durante más de tres siglos y medio, el mundo clásico se había acostumbrado a ver la figura de hombres en toda su gloria, pero ésta era probablemente la primera escultura de una figura femenina de tamaño natural sin nada que ocultara sus partes íntimas.
    La isla de Kos le había comisionado una estatua de Afrodita y él había hecho dos: en una de las versiones, la diosa del amor, la belleza, el placer y la pasión estaba vestida. En la otra, sin ropa, con una mano haciendo un gesto para intentar en vano esconder algo de su belleza inmortal, mientras que la otra sostenía algo de tela, quizás una prenda de vestir o una toalla.
    Horrorizados frente a tal visión, los isleños de Kos decidieron adquirir la diosa recatada; sin tales remilgos, la vecina ciudad de Cnidos aprovechó la oportunidad y se llevó a la deidad despreciada a casa, para que desde su templo bendijera los viajes de los barcos que pasaran por sus costas.
    Una revolución
    Esa primera representación del cuerpo femenino desnudo en el arte fue una revolución. Praxíteles había roto con la tradición de cubrir a las mujeres, pero igual de importante, señala Mary Beard, historiadora del mundo clásico, es que su Afrodita “no se está exponiendo descaradamente ante nosotros: aparece como si la hubiéramos sorprendido por casualidad cuando está a punto de tomar un baño o acaba de salir de él. Con una mano, se cubre modestamente”.
    “Es como si el escultor nos estuviera dando una excusa para ver a la deidad desnuda”, apunta Beard en el documental “El impacto del desnudo” de la BBC.
    Así, “Praxíteles estableció esa inquietante relación entre la estatua de una mujer y un espectador masculino supuesto que nunca se ha perdido en la historia del arte europeo”.
    En el centro del mundo
    Pero quizás no habría tenido tal impacto de no ser por la osadía de la población de Cnidos, una ciudad helénica en el suroeste de Asia Menor -ahora en la península de Datça en la actual Turquía-, que estaba en el centro de las rutas comerciales de Alejandría a Atenas, y su puerto protegía a los marineros de los etesios, esos fuertes vientos del mar Egeo que soplan de mayo a septiembre.
    El santuario que albergaba a Afrodita Euploia o ‘Afrodita del buen viaje’, que era su nombre en su calidad de diosa del mar, era “completamente abierto, para permitir que la imagen de la diosa pudiera ser vista desde todos los lados, y se cree que se hizo de esta manera con la bendición de la diosa misma”, según contó más tarde el escritor romano Plinio el Viejo, para quien la escultura esa no era sólo la mejor de Praxíteles, sino también la mejor del mundo entero. Estaba lejos de ser su único admirador. La Afrodita Cnidea, como se le llegó a conocer, cautivó con su belleza el mundo antiguo.
    “Más tarde el rey Nicomedes [de Cos] trató de comprársela a los cnidios, prometiéndoles liberarlos de su enorme deuda estatal”, relató Plinio el Viejo en su “Naturalis historia”.
    “Pero los cnidios se mantuvieron firmes en su decisión, y acertadamente, ya que fue la obra de Praxíteles la que hizo famosa a Cnido”.
    La más bella del mundo
    Efectivamente, la ciudad se hizo prominente, convirtiéndose en un destino de peregrinaje. La escultura era considerada como una de las más deseables de su tiempo, literal y metafóricamente. Plinio observó que algunos visitantes terminaban “sobrecogidos por el amor hacia la estatua”.
    “Erōtes” o “Amores”, una obra asociada al autor sirio Luciano de Samosata, habla sobre un noble que se obsesionó tanto con la imagen de Afrodita que pasó la noche en el templo e intentó copular con la estatua. Al ser descubierto por un custodio, sintió tal vergüenza que se arrojó por un acantilado al mar.
    Otros escribieron poemas y alabanzas admirando la forma en que el mármol cobraba vida en la redondez de sus muslos, la perfección de su trasero y la sensualidad de su boca entreabierta. En un estilo más ligero, un epigrama lírico cuenta que la diosa Afrodita misma fue a Cnidos para ver la escultura. Al reconocer su perfecta semejanza, se preguntó: “Paris, Adonis y Anquises me vieron desnuda. Eso es todo lo que sé. Entonces, ¿cómo lo logró Praxíteles?”.
    Otro similar, que se le atribuye a Platón, cuenta que, tras observar la estatua por todos los lados, la diosa dijo: “¿Cuándo me vio Praxíteles desnuda? Praxíteles nunca vio lo que no era correcto ver: su herramienta esculpió una Afrodita que le gustaría a Ares (dios olímpico de la guerra y amante de Afrodita)”.
    Y, a pesar de ser producto de la imaginación, esos epigramas translucen la genialidad del artista que no sólo se desvió de la tradición representando al cuerpo femenino sin recato, sino mostrando dioses no como seres distantes y majestuosos para reverenciar, sino más emotivos y vulnerables, dotándolos de una gracia más humana. Una ruptura que, según los conocedores, fue tan importante en ese entonces como el impresionismo en la modernidad.
    Venus púdica
    En el caso particular de la Afrodita Cnidea, los muchos escultores que siguieron la pauta de Praxíteles en el mundo clásico, adoptaron pretextos similares para presentar a la mujer o diosa como recatada y desvestida, dándole a todo observador una excusa para admirarla sin pudor. De hecho, es también conocida como La Venus Púdica, nombre que además se utiliza además para describir esa pose clásica en el arte occidental en el que la mujer desnuda en cualquier posición intenta esconder sus partes íntimas de la mirada de otros.
    “Cuando, siglos después, amantes del arte desde el Renacimiento en adelante alabaron los logros de los antiguos, quedaron cautivados por esas tímidas diosas”, señala Beard. Y los artistas plasmaron esa admiración en sus propias obras.
    La pose, sin embargo, fue perdiendo su atractivo con el paso de los siglos y los cambios sociales.
    Los críticos empezaron a señalar que le negaba al sujeto femenino el poder en su sexualidad y que la idea de que fuera atractivo ver a una mujer tratando de proteger su cuerpo desnudo de miradas no deseadas, era inquietante. En 1863 el pintor francés Édouard Manet le asestó un golpe con su obra Olimpia.
    Olimpia aparece dueña de su cuerpo, mirando sin vergüenza a quien la mira. No le teme a los deseos. No es vulnerable. No está expuesta a una intromisión no consensual. Su desnudez es su decisión.

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