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    ¡Buen viaje, mi querida Pupita!

    By on 28 enero, 2021

     

    • Es hora de ver hacia dentro de nosotros mismos

    Estamos en esta monotonía de soledad, sin abrazos, sin rostros con sonrisas y con lo que resignadamente llamamos nueva normalidad, y repentinamente algo grave nos pasa, que provoca que los sentimientos se vuelquen sobre el teclado, dejando a un lado todo lo demás. Es hora de ver hacia dentro de nosotros mismos, buscar las palabras propicias y lanzarlas en la búsqueda de otras almas que siempre están ahí para leerlas y para hacerlas suyas.
    Parece que la vida nunca dejará de ser claroscura. En esta etapa de la tercera edad que ahora me toca vivir, la parte oscura y un tanto triste, está llena de desprendimientos, de pérdidas y más perdidas. Así, con esos quebrantos recorremos el período de vida, más corto que el que ya ha transcurrido. Facultades que disminuyen, amigos contemporáneos que nos dejan, trabajos que ya no tenemos, salud que mengua, mientras que los movimientos son más torpes. A esa faceta lóbrega, se le oponen con fuerza las luminosas experiencias de los nietos, la realización de los hijos, su amor, el sentimiento de plenitud, las memorias agradables y la experiencia acumulada, entre otras muchas. Así, la vida transcurre en equilibrio, un equilibrio claroscuro.
    Armonía que, sin embargo, se tambalea, cuando las pérdidas son inconmensurables y nos llenan de dolor y lágrimas. Cuando el firmamento se nubla y la pena y el desconsuelo lo inundan todo. Recién en mi familia pasamos por ello… seguimos pasando. Apenas partió Pupita, mi querida suegra. Solo han transcurrido unos cuantos días llenos de recuerdos, de preguntas, de melancolía. Murió después de pocos días de haber enfermado de COVID, la maldita enfermedad pandémica de nuestro tiempo, que habrá de marcarnos para siempre. A sus 94 años no superó, como decenas de miles de personas más, el reto que supone esta enfermedad que parece no respetar a nadie. Como la llama de una vela que se queda sin aire, poco a poco se fue apagando, serenamente.
    Como sucedió, a los suegros de mi admirado Ricardo Raphael, según lo cuenta en un artículo reciente, a pesar de todos los cuidados y precauciones, el virus pudo adentrarse (sigilosamente, dice él) al interior de una residencia para mujeres de la tercera edad en donde vivía, contagiándola a ella y a dos cuidadoras. A partir del resultado positivo de la prueba, siguió una historia que se va haciendo cada día algo más común: una lacerante soledad que lo llena todo, ya que los protocolos, más que comprensibles, indican que no debe haber contacto de la paciente con ninguna otra persona, ni de dentro, ni de fuera de la institución.
    Nos duele que no está con nosotros, pero quizás nos hiere más que no pudimos estar con ella, sentarnos en la orilla de su cama y verla de cerca, tomarle la mano y hablarle quedito y con amor al oído. Darle ánimos y fuerzas para la batalla que libraba. Sus hijos, naturales y políticos, y todos los que la queremos fuimos condenados a verla desde lejos sufrir y finalmente morir solita, ella y su alma, en medio de un panorama desolador. El día anterior, la tecnología intentó suplantar lo presencial y nos permitió enviarle un beso y un abrazo y prometerle que una vez que sanara, volveríamos a ir juntos a Valle de Bravo. Ni pensar siquiera que el desenlace estaba tan cerca.
    Ahora, unos días después, su soledad es nuestra, nos duele el hueco que deja una persona de sus características y valores. Su recuerdo es constante y su ausencia se siente hasta en los sueños en los que recreamos situaciones idas en que estuvimos a su lado. Y nuestro dolor se suma al de tantas familias que están pasando por lo mismo, con ese sentimiento convertido en pregunta sin respuesta, cuando nos cuestionamos si todo esto no podría haberse evitado con un poco mas de conciencia sobre la gravedad de la situación.
    Al hacernos preguntas como esa, también nos dejamos llevar por las más diversas reflexiones. Una de ellas, muy trascendente, tiene que ver con la importancia de darle un sentido a la vida. En cualquier edad, pero de manera más importante en la vejez, en esta etapa en la que la cuesta parece tener más pendiente. Recientemente, después de casi diez meses de encierro por la pandemia, finalmente, mi señora y yo, con autorización de la familia, nos decidimos a sacarla de la residencia aquella y la invitamos a estar con nosotros en nuestro refugio en los bosques de Valle de Bravo. Aún cuando sabíamos lo que ello iba a representar para ella después de tanto tiempo de no convivir con nadie de su familia ni de abrazarlos, la verdad es que no habíamos previsto la forma impresionante en que esta estancia iba a revivir eso que los japoneses conocen como el Ikigai y que, sin tener una traducción precisa al español, puede entenderse como “tener una razón por la que vivir”.
    Cada día era la primera en estar sentada esperando por el desayuno que siempre encontró delicioso. Fueron incontables las ocasiones en que nos agradeció haberla invitado y estar en ese lugar. Los achaques pasaron a segundo término y la sonrisa o el disfrute de las bromas (que toda la vida le hice) volvieron. Daba la impresión de que recuperaba la capacidad perdida desde hacía tiempo, para mantener una conversación. Parecía rebelarse con los muchos impedimentos físicos al pedir que la incluyeran en largos paseos por el bosque. He confirmado nuevamente que, aun en las situaciones más extremas, como en enfermos de Alzheimer (esos que atendemos en la fundación Alzheimer, Alguien con quien contar), mantener una actividad y socialización, permite a las personas vivir y no solo sobrevivir.
    Pupita sin duda fue aquello que se conoce como una santa. Su fé no tenía límites y seguramente, en los últimos momentos de aliento, le trajo un gran consuelo. Ella (como muchas otras personas de fé) aseguraba que se reuniría con su querido arqui, mi suegro en el más allá. Deseo en verdad que eso sea cierto, pues habiendo sido unos segundos padres para mí, nada me alegraría más que saberlos juntos.
    Si bien siempre se refirió a mí con elogios, no dejaba de rubricar su opinión con la frase “lástima que no va a misa”. Pero más allá de las diferencias en temas “piadosos”, coincidimos siempre en que todos estamos obligados a pensar en los demás y hacer por otros lo que esté a nuestro alcance. Y así lo demostró en los hechos al comprometerse con las más diversas causas sociales, sin buscar nunca ni reconocimiento, ni publicidad, ejemplo que ha seguido siempre mi querida Gorda. Creo que hasta incómoda se sentiría si hubiera visto el artículo y las fotografías en primera plana de un diario de Puerto Vallarta, lugar en el que vivió alrededor de 35 años, destacando su tarea por la comunidad en aquellos años.
    ¡Buen viaje Pupita! Que esa última jornada de camino alegre al edén en el que siempre creíste, sea como tu vida, llena de compasión, humildad y bendiciones. Te vas, pero permaneces con nosotros. Mas que morir trasciendes lo material para vivir siempre en nuestros corazones.

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