En las últimas décadas el mundo pretendió ser políticamente correcto. El conflicto social no existía y la gradualidad en los cambios era lo deseable.
Los gobiernos y sus opositores formales buscaban ubicarse en el centro del espectro político para obtener la mayor simpatía posible del electorado. Sin embargo, la propuesta política de la globalización y el reformismo se agotaron.
El brexit, los nacionalismos, los populismos y los movimientos ciudadanos anti-sistémicos tomaron fuerza suficiente para reemplazar o poner en jaque a los regímenes centristas propios de las sociedades que buscan ser abiertas.
El discurso político revolucionario cambió la referencia a la lucha de clases por la defensa de los derechos humanos del marginado, del nacionalismo desplazado y del pobre.
El proletariado y el trabajador pasaron a un segundo plano discursivo. Los gobiernos demócratas liberales se convirtieron en los responsables de los males por su incapacidad de superar los conflictos estructurales, las contradicciones entre el mercado y la acción de la autoridad, la falta de énfasis en la solidaridad social y la mimetización de sus valores con la moralidad burguesa. El gobierno de Peña Nieto no escapó a esta tendencia. Además, independientemente de sus logros o fracasos, se hundió en la imagen de frivolidad y superficialidad que lo apoyó para conquistar la Presidencia de la República. Tomó impulso con una boda telenovelesca, pero perdió el rumbo por el manejo inadecuado del origen de los recursos para la compra de la Casa Blanca y los 43 desaparecidos de Ayotzinapa y acabó con un divorcio anunciado. El grupo gobernante, con contadas excepciones, no supo transmitir la importancia y los resultados de su labor.
El discurso político pragmático se legitima con resultados concretos. Utiliza para convencer al electorado los avances demostrables y medibles como la disminución de la pobreza, la mejora en los indicadores de salud pública o la estabilidad de las finanzas públicas. En contraste, el discurso ideológico recurre a la adhesión a los valores como fuente del ejercicio del poder. El promover un cambio gradual no es redituable electora-lmente. El radicalismo verbal impera.
Los modelos económicos varían en la misma medida que lo hace el discurso político. El pragmático no considera que las acciones gubernamentales concretas sean calificables en términos morales como buenas o malas, promueve la descentralización funcional y regional, así como la autorregulación de las organizaciones productivas, prestadoras de servicios públicos o empresariales. El ideológico enjuicia y separa a los buenos y malos y los divide en revolucionarios o contrarrevolucionarios, en morales e inmorales, en aliados y adversarios, por lo que recurre al conflicto y la movilización permanente como la principal fuente de legitimación.
En un contexto de lucha ideológica, se entiende la referencia a la maldad de la moralidad burguesa guiada por el veneno de la usura y su oposición a la bondad de la moralidad del servicio público, marcada por la entrega desinteresada y el sacrificio por los otros. Lo económico pasa a un segundo plano y lo político se convierte en lo que define el rumbo de una sociedad.
En la actualidad, los políticos pragmáticos han perdido fuerza entre la ciudadanía porque no pudieron diferenciarse de los empresarios.
Muchos ostentan riquezas como la confirmación de su éxito, lo que a la vista del electorado se convierte en excesos injustificables y los elimina como representantes genuinos de sus intereses.
Las sociedades dirigidas ideológicamente tienden a generar grupos de fieles y clientela beneficiada que mantiene su apoyo mientras reciba efectivamente más recursos o conserve la esperanza de que algún día los recibirá.
