Los 100 días de Donald Trump

Desde la época de Franklin D. Roosevelt (1933-1945) se hizo usual en Estados Unidos evaluar el arranque de un gobierno en los primeros 100 días. Es un conteo ritual. Al parecer, este parámetro viene, históricamente, de aquellos famosos 100 días transcurridos entre el 20 de marzo de 1815, cuando Napoleón regresó a París de su exilio en la isla de Elba, y el 28 de junio de ese mismo año, cuando Luis XVIII fue proclamado rey de Francia. Pues bien, mañana sábado 29 de abril, Donald Trump cumple 100 días al frente del gobierno norteamericano y, en consecuencia, pasa a escrutinio público.
El magnate sabe que este criterio de evaluación no le favorece. Por eso, tuiteó hace poco: “No importa lo mucho que logre durante el ridículo estándar de los primeros cien días, y ha sido mucho… los medios de comunicación me van a destrozar”. Pero no son los medios de comunicación, sino la realidad la que se está encargando de ponerlo en aprietos.
Resulta que, con base en esa medida de los 100 días, Donald Trump es el peor evaluado de todos los presidentes norteamericanos desde la época de Roosevelt. Cuenta tan sólo con un 48 por ciento de aprobación; en contraste, John F. Kennedy (1961-1963) obtuvo el 83 por ciento seguido, en las preferencias, por Dwight Eisenhower (1953-1961), con 73 por ciento.
En mi opinión, Trump no ha entendido que una cosa es el lenguaje de confrontación propio de la campaña para encender el ánimo del electorado, y otra cosa es el lenguaje que debe emplear como Jefe de Estado. Sigue montado en la política del enfrentamiento. Quiere imponer su voluntad a como dé lugar, pero se ha llevado tremendos frentazos. Veamos, simplemente, lo que sucedió con sus órdenes ejecutivas que prohibían la entrada a Estados Unidos de viajeros provenientes de países musulmanes: Irán, Iraq, Siria, Somalia, Yemen, Sudán y Libia. La razón de este veto, según Trump, era el peligro de que se infiltrasen terroristas. No obstante, ningún extremista musulmán ha llegado a Estados Unidos desde esos países.
Hubo movilizaciones sociales en contra de las prohibiciones por considerarlas discriminatorias. Jueces federales rechazaron en dos ocasiones las disposiciones de Trump contra los musulmanes, lo cual constituyó además de un revés jurídico también una derrota política.
Con la misma retórica incendiaria, Trump insistió en echar atrás el sistema de salud establecido por Barack Obama y sustituirlo por algo más operativo y eficiente. Ni teniendo a las dos cámaras del Congreso en manos de su partido, el republicano pudo llevar a cabo el desmantelamiento del Obamacare.
Otro desaguisado: desde su campaña anunció la construcción del muro fronterizo entre México y Estados Unidos. Sin embargo, Trump tuvo que retirar ante el Congreso su solicitud de fondos para la construcción del muro fronterizo, de otra manera se hubiese presentado una parálisis gubernamental. Además, el juez William Orrick, de la Corte Federal de San Francisco, decidió suspender la aplicación del decreto presidencial que pretendía dejar sin fondos federales a las ciudades contrarias a su política contra la inmigración; las ciudades santuario.
Trump ha creado una tensión diplomática innecesaria entre México y Estados Unidos en lo que se refiere al muro fronterizo, la política migratoria y la revisión del Tratado de Libre Comercio. Bandazos al por mayor. Se entiende (pero no se justifica) que su discurso proselitista haya estado plagado de expresiones contra los latinos y, especialmente, contra los mexicanos. Vinculó migración con crimen, y le dio buenos dividendos electorales; pero ahora que está al frente del gobierno americano, seguir con esa cantaleta es afectar a muchos sectores económicos que dependen del trabajo de los migrantes.
En materia de política exterior sus planteamientos han sido erráticos. Lanzar un bombardeo contra instalaciones militares sirias no va a derrocar al dictador Bashar al-Assad y sí, en cambio, sube la tensión político-militar en la región. En esa actitud no se ve una orientación estratégica, sino una ocurrencia más.
Y qué decir de la situación ambivalente que Trump ha mostrado en relación con la OTAN: primero decía que no era posible seguir erogando grandes sumas de dinero para sostener una organización que no mostraba voluntad para combatir el terrorismo, en tanto que en las últimas declaraciones ha moderado su lenguaje.
La gran incógnita es Rusia: Trump comenzó con halagos hacia Vladimir Putin; el bombardeo a Siria parece haberlos distanciado; pero, de cualquier manera, la investigación sobre la intromisión de los rusos en las elecciones presidenciales está sacando a flote un contubernio que le puede salir muy caro al millonario neoyorkino, incluso el impeachment; vale decir, ser separado del cargo.

A veces impulsivo, otras ocasiones errático, con frecuencia impredecible, Trump llega a los 100 días de su mandato trastabillando. Tiene aspiraciones autocráticas; pero se ha topado con instituciones sólidas que hasta ahora se lo han impedido. Está perdiendo credibilidad. Y la está perdiendo además porque, como dice David Horsey: “Sus palabras sonarán populistas, pero sus acciones muestran su intención de servir a los plutócratas.” (“Trump’s first 100 days accomplished little but changed a lot”, Los Angeles Times, 25/IV/2017)