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    Hablamos con un sicario de San Pedro Sula, la ciudad más violenta del mundo

    By on 27 enero, 2016

     

    Gran parte de la violencia que se vive en la ciudad sin guerra con más homicidios del mundo, es llevada a cabo por personas que los fines de semana los pasan con su familia.
    Su trabajo, si es que se puede llamar trabajo, es eliminar seres humanos. Matar a desconocidos a cambio de dinero. Lo hace desde que tiene 18 años. Se introdujo en la profesión junto a su primo, que le enseñó meses antes a utilizar un revólver en alguna de sus faenas.
    Su ciudad, San Pedro Sula, ha hecho el resto: Miles de muertes violentas al año provocadas por una guerra abierta entre pandillas, ajustes de cuentas de cárteles de la droga — se calcula que el 80 por ciento que llega a Estados Unidos pasa por Honduras — y el convencimiento nacional de quien a hierro mata, a hierro termina. Con 1.411 homicidios en el último registro de 2014, 187 por cada 100.000 habitantes, mantuvo por cuarto año consecutivo su galardón de ciudad más peligrosa del mundo fuera de conflicto bélico.
    Vecinos molestos, narcotra-ficantes, empresarios, amantes despechados: En todas las parcelas de la sociedad tiene clientes. «Siempre hay alguien del que queremos deshacernos», sostiene, «y yo lo hago posible». En sus ratos libres se mueve como una persona normal. Cuando tiene un encargo, funciona como el perfecto asesino anónimo: estudia el caso, lo ejecuta con la mayor celeridad posible y no deja pistas.
    Callado, vigilante pero relajado, sereno. Se comporta como un tipo reflexivo, no como un demente con ganas de aparecer en portadas. Gorra roja que intercambia con una negra para las imágenes, vaqueros dados de sí a la altura del cinturón, camisa por fuera para tapar el ‘cohete’, zapatillas de marca.
    y pocas ostentaciones: un reloj del montón, monedero y celular.
    Así es como W., letra por la que quiere ser llamado, viste de paisano. Y de sicario. A sus 30 años, la dualidad entre profesional y ciudadano se diluye en este padre de familia como se diluye en Honduras la frontera entre seguir vivo o muerto.

    Nos atiende en la esquina de una calle periférica. Ha cambiado la localización tantas veces a lo largo de la mañana que uno no termina de saber en qué barrio se encuentra. Menos, en una urbe de cerca de un millón de residentes que repta en forma de casas bajas y cuadras similares desde la montaña del Merendón.
    Detrás de esta loma, aunque cueste imaginarlo, la cordillera desemboca en el Caribe. Antes de subirse al coche junto con VICE News, se asegura con el conductor (y enlace) de una serie de normas básicas para mantener su clandestinidad: nada de fotos que muestren su rostro, nada de conversaciones sobre «el tema» en espacios públicos, nada de nombres.
    Compramos un puro, un paquete de cigarrillos, dos botellas de soda y tiramos hasta un rincón del río de Piedras. No pasan más que algunos indigentes que usan su escaso caudal de agua turbia como balneario. Sobre dos rocas, haciendo honor al emplazamiento, empieza la conversación.

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