Museo Nacional del Virreinato Puente entre dos mundos

El Pantocrator, hecho con plumas y tzautli, así como el óleo que Martín de Vos llamara San Juan escribiendo el Apocalipsis, son las dos joyas del Museo Nacional del Virreinato (MNV), ubicado en el centro del pueblo mágico de Tepotzotlán (Estado de México). Ambas piezas datan del siglo XVI y pueden leerse como objetos de contacto entre el mundo prehispánico y los conquistadores, aunque cada una relata una historia distinta.
Sin embargo, ambas piezas son una breve muestra de la riqueza que exhibe el museo, considerado uno de los más importantes de América Latina, por su rico acervo de casi 34 mil piezas entre pintura, escultura, libros de coro y otros objetos de los siglos XVI, XVII y XVIII, detalla a Excélsior Verónica Zaragoza, titular del área de investigación.
Otras piezas que se pueden apreciar en este inmueble histórico son los óleos y esculturas de Miguel Cabrera, José de Páez, José de Ibarra, Luis Juárez, Pedro Ramírez, Nicolás Rodríguez Juárez e Ildephonsum López; así como los 11 retablos del siglo XVIII, entre otros objetos de plata y acero.
Volviendo al Pantocrator o Salvador del mundo, comenta Verónica Zaragoza, se trata de la obra más importante del MNV, no sólo porque es producto del arte plumaria prehispánica, cuyas medidas son de 90 por 105 centímetros, sino porque es un objeto de contacto, es decir, una obra que combina la técnica prehispánica y la iconografía cristiana.
La pieza fue hecha por amantecas, aclara, pero su imagen es un Cristo con una mano en señal de bendición, mientras la otra sostiene un mundo. Algo aún indescifrable en ésta son las letras que la bordean, pues, aunque en algún momento se dijo que provenían del alfabeto cirílico, se ha comprobado que no es así, asegura.
Un dato curioso es que, durante el análisis que los investigadores de la Escuela Nacional de Conservación, Restauración y Museografía realizaron a esta pieza en los años 90, descubrieron que para conseguir su resplandor los artistas utilizaron laminillas de plata y pegaron sus plumas con tzautli, una sustancia que proviene del bulbo de la orquídea, señala Xochipilli Rosell, encargada de la sección de conservación del MNV. “Lo bonito de esta pieza es que está hecha sobre un lienzo con recortes de papel amate, sobre los que se hicieron super-posiciones con otras capas de papel para dar la sensación de tridimen sionalidad en la pieza, para luego ser colocada la pluma”, añade la especialista en arte virreinal.
Plata fundida
Otras piezas del siglo XVI que destaca Verónica Zaragoza son el óleo San Juan escribiendo el Apocalipsis, de Martín de Vos, el Relicario de San Pedro y San Pablo y la Virgen María, elaborada con la técnica de caña de maíz.
Sobre la pintura de Martín de Vos, la investigadora destaca que ésta es el testimonio vivo de lo que en su momento fue la creación de la escuela de pintura novohispana.
De Vos fue un pintor flamenco que nunca pisó la Nueva España, pero enviaba su trabajo a Europa y a la Nueva España. “Pero aquí lo interesante fue cómo a la llegada de los españoles se construyeron escuelas en nuestro territorio con influencias europeas”, detalla, pues con los conquistadores también llegaron pintores, escultores y todo tipo de artistas españoles y flamencos.
Otra joya del siglo XVI es el Relicario de San Pedro y San Pablo, un objeto de plata con baño de oro que perteneció al colegio jesuita del mismo nombre, que estaba ubicado atrás del Colegio de San Ildefonso.
Sin embargo, hacia 1717 se extravió y un siglo después pasó a manos de la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México, para luego ser ubicado en este museo. Aunque la importancia de este objeto no está en su magnífica factura, sino en el hecho de que sobreviviera a tantas peripecias.
Como se sabe, en el siglo XVII el rey Carlos III decretó la expulsión de la Compañía de Jesús, así que se hizo un inventario de todos sus bienes en la Nueva España y se decretó que todos sus objetos de plata serían fundidos y el material enviado a España, aunque por alguna razón desconocida este relicario sobrevivió.
Sin embargo, la colección de este museo es tan amplia y variada que también incluye piezas de artes decorativas o aplicadas, como platería, numismática, lacas, plumaria, porcelana, vidrio, herrajes, textiles, armas y armaduras, así como una biblioteca de libros antiguos.
Retablos
sobrevivientes
Una de las acotaciones realizadas por las investigadoras del Museo Nacional del Virreinato es que en este sitio no existe una diferencia tácita entre arte sacro y arte civil, pues durante la época no existía esa distinción.
Habría que mencionar que otra de las joyas de este museo es el recinto en sí mismo, construido entre los siglos XVI y XVIII, uno de los pocos edificios donde se han conservado sus retablos originales y en mejores condiciones del país, detalla Verónica Zaragoza.
Pero además, está la conservación intacta de sus 11 retablos de madera tallada y dorada, con la pintura mural realizada por Miguel Cabrera, que ostentó desde el siglo XVIII –igual que Santa Prisca–, con sus esculturas, pinturas, lámparas de plata y espejos, por lo que hasta hoy es considerado uno de los pocos sitios que conserva su conjunto retablístico.
apunta.

“Aquí lo importante es que se conserva todo, quizá por la distancia de la Ciudad de México, pues no sólo sobrevivió al siglo XVIII, sino al XIX y las modificaciones realizadas por el estilo del neoclásico”, añade la especialista.

El edificio fue fundado por la Compañía de Jesús en el siglo XVI, donde se formó un conjunto de colegios a los que se le conoció como Colegio de Tepotzotlán, hasta 1767, cuando dicha compañía fue expulsada del país.

Casi 200 años después, el gobierno mexicano fundó el MNV a partir de un pequeño fondo que este recinto había heredado y se le sumaron algunas piezas que correspondían al acervo del Museo Nacional de Antropología, así como de los museos de la Casa Chata y el Religioso de la Catedral de México, entre otros.

Otras piezas de arte plumario, pero más tardías, son el Manto de Zinancatepec, que fue restaurado en 2014, y La Virgen de la Salud, ambos del siglo XVIII, así como un San Juan Bautista, del siglo XIX.

Y entre sus óleos más importantes se pueden mencionar las obras maestras de Miguel Cabrera, como Sor María Josefa (1759), Manuel José Rubio. Arzobispo de México (1761), Francisco Antonio de Lorenzana. Arzobispo de México y el Divino Pastor.

Además de las pinturas de José de Ibarra: Cristo en el jardín de las delicias y Juan Bautista de Aste; el Divino rostro (1624), de Ildephonsum López; Liberación de San Pedro, de Pedro Ramírez, y Transverberación de Santa Teresa (1692), de Nicolás Rodríguez Juárez.

El Museo Nacional del Virreinato se fundó en 1964 para reflejar el arte producido en territorio mexicano durante el periodo virreinal, entre los siglos XVI al XVIII.

Es considerado uno de los más importantes de América Latina y está bajo el cuidado del Instituto Nacional de Antropología e Historia.

Hay tres piezas en el taller

Los especialistas del Museo Nacional del Virreinato (MNV) trabajan en la restauración de dos figuras hechas con pasta de caña, que datan del siglo XVII, así como un bargueño (escritorio portátil) del siglo XVIII, que resultó dañado hace unos días al cambiarlo de sitio en la sala de exhibición, detalló en entrevista la investigadora Xochipilli Rossell.

Sobre el bargueño, explicó que se trata de un mueble de origen mudéjar, decorado con incrustaciones de madera, marfil y concha nácar, el cual debió corresponder a algún funcionario de la Nueva España, debido a la calidad del material y el detalle en su confección.

Sin embargo, informó que, en los días pasados, el bargueño sería transportado a otra sala de exhibición, pero al momento de su traslado éste se fracturó de la tapa y se desfondó.

Ahora los especialistas del taller trabajan en los desperfectos causados por la fractura y apuntalan los posibles desperfectos para evitar algún otro daño posterior. “Este bargueño iba a ser cambiado de sala, pero se le desprendió la tapa porque en algún momento alguien reparó el mismo desperfecto con resistol blanco, así que se trabaja en su reparación y reacomodo de incrustaciones que perdió”, detalló.

Otra de las piezas que el taller tiene en proceso de restauración es un caballo artesanal hecho con pasta de caña del siglo XVII, al cual se le fracturaron las patas delanteras.

Lo que hasta entonces no se sabía es que esta misma escultura posiblemente se dañó a principios del siglo XX, quizá producto de una caída, que fue reparada de forma incorrecta por un albañil, quien colocó varilla y yeso para unir la cabeza del caballo.

“En 2013, la pieza fue solicitada a préstamo por el Museo Soumaya, sin embargo, durante el diagnóstico que le realizamos se detectó la fractura de sus patas delanteras, lo cual significó que algo grave le estaba sucediendo a la pieza”, dijo.

Días después, los especialistas realizaron radiografías al equino de pasta de maíz, se le tomaron muestras y se le introdujo una minicámara. Ahí se descubrió que muy probablemente a principios del siglo XX el cuello de la pieza se fracturó y seguramente un albañil la reparó como creyó mejor.

“No era la intervención de un restaurador, sino de un improvisado, y aunque todavía no hemos determinado la fecha exacta de la intervención fallida, encontramos periódicos alrededor del vaciado de yeso, los cuales serán analizados para datar la época de la intervención”, explicó la especialista.

Lo más complicado con esta pieza al momento de su restauración, añadió, fue la decisión de quitar por completo la cabeza y programar la restauración del cuello como debió ser en un principio, con un material ligero.

“Fue una difícil decisión, pues para un conservador, lo esencial es mantener la pieza como se encuentra. Pero en este caso decidimos sustituir el cuello de la escultura, porque afectaba en gran medida a toda su composición original”.

Por desgracia, hace unas semanas se detectó que el jinete de este caballo también sufrió la misma suerte, pues tiene en el cuello una desafortunada intervención con yeso y varilla, por lo cual en las siguientes semanas se le practicarán los mismos estudios prospectivos y será reparado con la misma técnica: pasta de caña, concluyó.