En estos tiempos de difícil y compleja competencia económica global se hace necesario que las naciones aprovechen al máximo las riquezas y recursos con que cuentan, aun si éstos tienen un carácter tradicional. Por extraño que pueda parecer a algunos, en México nos encontramos en una coyuntura en la que algunas de las excentricidades que nos caracterizan podrían ser objeto de admiración, consumo y hasta exportación. Tal parece ser el caso del muy mexicano hábito de tener una doble moral, de medir siempre las cosas con varas distintas, según la coyuntura y el interés que persigamos. Las perspectivas de venta a escala global de este rasgo son amplias, especialmente, por la calidad de los materiales utilizados y lo labrado de la manufactura.
Los ámbitos en los que la doble moral mexicana toma forma son muy amplios y diversos, si bien es cierto que es en las instituciones públicas donde adquiere sus expresiones más acabadas y puras. Se tiene, así, que un gobernador puede simple y llanamente mentar la madre a una gran cantidad de ciudadanos y, luego, pedir perdón y hasta la absolución de un obispo y cardenal. Este tipo de actitudes no sólo afecta a quienes ostentan una investidura como gobernantes, daña también la legitimidad de las instituciones públicas y de los acuerdos que sustentan su operación. El uso arbitrario de los recursos públicos no puede, ni debe, explicarse solamente en términos del compromiso personal de un dirigente político cualquiera.
Al pretender justificar así el uso abusivo del poder, se da un desdibujamiento del papel y funciones de toda acción pública, que hace recordar los mejores tiempos del autoritarismo del pasado remoto. Sólo que en estos momentos a lo que nos enfrentamos es a un autoritarismo a modo, por decir lo menos. La doble moral de cualquier gobernante afecta sobre todo la creencia en los valores democráticos, pues fue electo y ha formado un gobierno basado enteramente en la voluntad mayoritaria de la población, pero conduce los asuntos públicos centrado en los intereses de su grupo o camarilla.
Los abusos que se cometen al amparo de argumentos personales, religiosos y hasta circunstanciales no sólo empobrecen el ejercicio de la autoridad concedida por los ciudadanos. Afecta y limita también a los grupos sociales que ven mermadas sus expectativas de bienestar por el desvío de los recursos públicos.
Y estos excesos afectan por igual a la izquierda que a la derecha mexicanas. Ambas gustan de usar la doble moral a la hora de atender los asuntos públicos. Por un lado, se confiesan fervorosas creyente del código democrático y de los valores y prácticas que lo acompañan. De esta manera, sus líderes gritan a los cuatro vientos que el albazo y el mayoriteo deben erradicarse de la vida política y de las instituciones que la sustentan. Pero, por otro lado, con entusiasmo inusitado asumen posturas intransigentes en los órganos legislativos, y pervierten y deforman hasta los procedimientos más simples de elección de sus propias dirigencias.
La cuenta regresiva de toda esta irracionalidad podría terminar el primer domingo de junio. Recordemos que la fe puesta en lo que pudo ser nuestro propio paraíso democrático se vino abajo para poner frente a nuestros ojos, una vez más, el páramo del que creíamos haber salido cuando en julio del año 2000 dimos nuestro apoyo a un cambio que no termina de llegar. Confiemos que en junio podríamos limpiar la vista y que florecerá alguna esperanza en este árido mundo en el que nos ha tocado vivir. Después de todo, la esperanza es lo último que muere.
