Expulsado de Excélsior, (Scherer), tampoco se dedicó a desgarrarse las vestiduras. Era demasiado grande para desperdiciar su talento en lamentaciones.
El por un lado, Manuel Becerra por el otro, decidieron emprender la reconstrucción del periodismo mexicano.
Dos historias de sobra conocidas pero que es necesario revivir cuando sobran sinrazones,
insultos y difamaciones contra quienes simple, sencilla y equivocada o certera-mente, no se alinean con la corrección política de acumular culpas y responsabilidades al ocupante de Los Pinos.
Esto es, lo tachan sin aportación de pruebas de genocida, con el respaldo de burócratas internacionales como la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, o del exótico relator o investigador de la Organización de Naciones Unidas.
Que en una semana hizo el dictamen presentado en Ginebra, Suiza, como producto de investigación y consulta con centenares de torturados y familiares de desaparecidos, cuando descaradamente sólo habló con las habituales ONGs.
Y mientras, los presuntos parientes de los 43 de Ayotzinapa recorren mundo y se toman selfies en las principales ciudades de Estados Unidos, aparte de que en un acto de múltiple ubicuidad al mismo tiempo hacen lo propio frente a las embajadas de varios países en la ciudad de México, y exigen que en Guerrero y Michoacán se cancelen las elecciones y se opte por la escogencia vía asambleas de la CETEG y la CNTE.
Simultáneo, el decreciente clamor por Carmen Aristegui que está perdiendo intensidad inclusive en las redes sociales; en automático se asegura que fue Enrique Peña Nieto quien defenestró a la periodista, con lo que decretó la muerte de la libertad de expresión. Y lo aseguran los que en uso abusivo de ese derecho se cuelgan de su incapacidad mental para buscar ofender a un analista político de origen judío.
Sin saber que a final de cuentas, los judíos en general, y en especial sionistas u ortodoxos, están más que orgullosos de su religión. Como podría estarlo, salvo Marcial Maciel, un católico común.
Volvamos a la historia de dos periodistas emble-máticos, maestros de generaciones brillantes, hombres de controversia, los mejores de su generación, sin duda: José Pagés Llergo, notable cronista y reportero político de la revista Hoy.
Que bajo su conducción publicó la foto del yerno del presidente Miguel Alemán en su luna de miel en un cabaret parisino, con mirada hambrienta mirando el trasero a una bailarina que pasa junto a su mesa.
No hubo llantos cuando lo despidieron por esa osadía, se lanzó a una aventura, la más riesgosa, creando la revista Siempre, que convirtió en el punto de referencia del continente con la suma de las mejores plumas.
Los más grandes polemistas existentes. Abrió, cabe decirlo, espacios para un periodismo más libre.
Julio Scherer, del que por su reciente muerte se han vertido miles de litros de tinta. Igual que el anterior, el mejor de su época y guía del conjunto más brillante de reporteros de investigación de la etapa pre internet.
Expulsado de Excélsior, tampoco se dedicó a desgarrarse las vestiduras. Era demasiado grande para desperdiciar su talento en lamentaciones.
El por un lado, Manuel Becerra por el otro, decidieron emprender la reconstrucción del periodismo mexicano, para muchos cancelado definitivamente por el virtual cierre del periódico, entregado a manos de un grupo de negociantes de mala ley que lo saquearon.
