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    La pesadilla antes de Navidad

    By on 23 diciembre, 2014

     

    Pocas temporadas del año me resultan tan estresantes como la navideña. La cantidad de compromisos, erogaciones y quehaceres sociales que dan inicio con el maratón “Lupita Kings” generan en mí un efecto Grinch más incómodo que un pesado suéter de Chicon-cuac.
    Aglomeraciones en cualquier centro comercial. Consumismo rampante Vs. aguinaldos famélicos. Tortas de bacalao. Pavos mal cocinados. Obsequios inútiles. Romeritos aguados. Fruitcake de Sanborns. El Cascanueces. Pinos atiborrados de ornamentos chinos. Inacabables labores hogareñas tan banales como demandantes. Escaparates con maniquíes enfundados en abrigos de pelo sintético para un mediodía que no baja de los 20 grados Centígrados. Copos de nieve y esferas de plástico. Tránsito vehicular dantesco (todos los taxistas del Distrito Federal parecen haber sido abducidos por criaturas venusinas). Posadas etílicas que, inevitablemente, terminan en tragedias domésticas.
    El patético brindis de la oficina y la comida de fin de año que la secretaria gorda insiste en organizar. Flores de Nochebuena marchitas. Villancicos infernales. Un indigente con un gorro de Santa Claus y media sonrisa colgando de sus labios (producto de la estopa con “activo” que sostiene en la mano). Reyes Magos en versión porno. Decenas de tarjetas electrónicas deseándote felices fiestas, enviadas por personas que no tienes la más remota idea de quiénes son. Sidra tibia que salpica un vestido bordado con lentejuelas trasnochadas y, de paso, embriaga la promesa de una noche de paz y amor: es la Navidad chilanga 2014.
    Contrario a la realidad que me circunda, mi postal navideña favorita -la cual obviamente no existe- consistiría en una suerte de figura literaria/publicitaria que tendría como protagonista a la top model Coco Rocha, quien luciría un maquillaje más pálido que la nieve, con sus enormes ojos enmarcados en un perfecto sfumato púrpura, a juego con unos labios en terminado vinílico. Coco portaría un vestido de Mary Katrantzou impreso con un gráfico navideño post apocalíptico y, calzada con stilettos plateados Jimmy Choo, deambularía por un apartamento minimalista de muros blancos e impolutos pisos de madera.
    Tras un ventanal imponente, el siempre inasible y recurrente paisaje nocturno de Manhattan, sólo que esta vez con una implacable lluvia de fuego. Coco, quien para ese momento ya tendría en las manos una botella de Dom Pérignon y dos copas, se dirigiría -veloz y misteriosa- hacia la habitación principal. Ahí, de espalda y semides-nudo, un Santa Claus (personificado por Jared Leto) ataviado únicamente con unos skinny jeans rojos y un ancho cinturón de charol negro, observaría a través de sus gafas Ray-Ban Wayfarer la destrucción de la Babilonia posmoderna. Con un gesto de fingida resignación, Coco brindaría con él, mientras ambos se fusionan en un abrazo al más puro estilo de David Lynch. Al final, el sensual Santa Claus se despoja de sus gafas oscuras, se aproxima al delicado oído de Coco y en un susurro apenas audible le dice: “Feliz Navidad, la última…”.
    Cada Navidad puede ser la última y, en cierto modo, lo es. Con ella se archivan los sucesos más significativos del año, las promesas incumplidas, los retos superados (o no), las ganancias, las ausencias y el inevitable recuento de los daños. Es en Navidad, y no en la celebración de Año Nuevo, cuando hago corte de caja e, invariablemente, decido que es la última vez que me someto a un ritual social que cada vez me gusta menos, me estresa más y me genera menos satisfacciones.
    Sobra decir que, al año siguiente, vuelvo a caer en la misma espiral de tensión, ansiedad, angustia, fatiga y consumismo compulsivo. Lo único bueno de este diciembre es que -además de que se estrenó en México la más reciente película de David Cronenberg, Maps to the Stars, un verdadero manjar psicótico- el canal Comedy Central transmitirá, a partir de las 20:00 horas, un irreverente especial navideño de South Park. ¡Bendita sea la televisión!

    Mi plan para el 24 de diciembre consiste en ponerme un gigantesco suéter de cashmere, perfumarme con una sobredosis de Fame by Lady Gaga y beber una botella entera de Moët & Chandon Rosé Impérial, mientras río con el humor retorcido de los personajes creados por Trey Parker y Matt Stone. Brindaré con Stan Marsh, Kyle Broflovski, Kenny McCormick, Eric Cartman y Butters Stotch, y les desearé, al igual que a ti, una feliz (o al menos poco dolorosa) Navidad, y un 2015 mejor que este año. ¡Salud!

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