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    Democracia: ¿progreso o decadencia?

    By on 24 agosto, 2014

     

    Inmersos en la globalización mundial, los países enfrentan retos derivados de un proceso de modernización en el que convergen tanto la permanente industrialización como la innovadora revolución tecnológica, que a lo largo de algunas décadas ha transformado los sistemas económicos, sociales y culturales, ocasionando desequilibrios en los sistemas políticos y, por lo tanto, obligando a la adecuación de los modelos democráticos.
    En México no estamos exentos de ello, por lo mismo, hemos transitado de un modelo cerrado y autoritario a uno más abierto, que si bien, dio pauta a la alternancia, aún así, por los resultados es insuficiente. El déficit democrático en el país, es producto de  caminar demasiado lento en cuando menos en tres aspectos: es excluyente al no escuchar las voces de los ciudadanos en relación a la cuestión pública; se requiere la creación de instituciones sólidas, con visión de largo alcance y, un esquema de gobernanza cuyo propósito este encaminado a proporcionar un bienestar.
    Esas deficiencias son  motivo suficiente para crear ajustes encaminados a adaptar y adecuar un sistema acorde a las necesidades, sin embargo, mientras no exista un crecimiento incluyente que propicie el empleo y oportunidades dignas, difícilmente se podrá evitar a los poderes facticos y económicos, influir en las decisiones vinculadas a la economía y al desarrollo, a efecto de defender sus intereses, que no siempre se localizan en la esfera del bien común y, bajo esa premisa,  continuaremos bajo la consigna de la lucha de clases y desajustes sociales, alimentando la desintegración comunitaria.
    En esa consideración hemos mostrado una debilidad institucional, frágil en tanto que existe desconfianza social  que impide una labor conjunta con la ciudadanía, que debilita cualquier acción emprendida por la parte oficial.
    Ello implica, que no obstante los cambios del sistema político mexicano, mientras estos no sean adoptados, aceptados y aplicados mediante el consenso con la propia ciudadanía, siguen careciendo de una legitimidad y, por lo tanto de certidumbre.
    Si bien, las reformas en relación a las reglas de convivencia entre el estado y los ciudadanos, se ven optimistas en términos de inclusión, persiste  una desconfianza sustentada en el actuar oficial, pues se observa mayor compromiso con las elites económicas, los poderes facticos e inclusive grupos de poder, que con mejorar la calidad de vida de los gobernados.
    De seguir así, corremos el riesgo de un desplazamiento para terminar en colisiones y conflictos, que de forma aislada en algunas regiones se han presentado bajo condiciones particulares, pero que no dejan de llamar la atención en tanto que provienen de causas similares a las señaladas.
    Los recientes cambios elaborados que abren la puerta a figuras como la Consulta Popular y las candidaturas independientes, sin duda pueden contribuir a incluir la diversidad de voces y la participación social en la toma de decisiones, pero sus efectos pueden ser de corto plazo sino se atienden los demás aspectos, tanto por la parte institucional como por las acciones de gobierno para procurar el bien común.
    Los fenómenos y problemas como la pobreza, las dificultades con el medio ambiente, la enorme corrupción institucionalizada, los factores de la información y hasta cuestiones de carácter espiritual, buscan respuestas y satisfacción, para eso sirve la política, en ella se decide: ¿progreso o decadencia?.

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