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    Alfredo Mantovani y el teatro como un juego

    By on 21 agosto, 2014

     

    Llega el final del año escolar y a algún maestro le dan la orden temible: que los niños hagan una obra de teatro. El profe obedecerá, los niños sufrirán para aprenderse Caperucita Roja, las mamás coserán el disfraz del Lobo Feroz y la escuela presentará una obra que todos recordarán por lo tiernos que se veían los niños. Pero nada más.
    Ese “nada más” es un problema que el argentino Alfredo Mantovani combate hace 25 años, con una propuesta de educación que utiliza al teatro y lo adapta a las etapas de crecimiento de los niños para orientarlo al desarrollo de la expresividad infantil. El teatro tiene utilidad educativa, más allá de la Caperucita al final del año escolar.
    Eso lo intuía la actriz tapatía Karla Constantini, otra profesional del teatro que hace años trabaja con niños: sabía que no podía enseñarles a sus alumnos pequeños lo que ella aprendió siendo adulta, porque no les sirve trabajar como si fueran a ser actores profesionales. “Cuando empecé a platicar con Alfredo y a leer sus libros, dije: ¡pero por qué no lo conocimos hace tres años! No debes trabajar con ellos como si fueran a ser actores; con los niños lo importante es lo que se llevan durante el proceso y el desarrollo de su expresividad”.
    En un taller de Bogotá conoció a Mantovani y del encuentro surgieron los dos talleres que el argentino ofreció durante julio en Guadalajara: uno dirigido a docentes que desean usar el teatro en su trabajo con niños y otro, a artistas del teatro que pretenden trabajar con niños.
    Mantovani habla de su trabajo con la convicción de que pocos sistemas escolares están interesados en invertir en un teatro realmente pedagógico: el sistema escolar tiene reglas para disciplinar e imponer conocimientos. Pero este actor, director y escritor asegura que el teatro debería ser una materia, como español o matemáticas, para el desarrollo de la expresividad.
    De allí provienen, entre otros, su sistema de teatro evolutivo por edades y sus libros sobre el tema: El juego dramático de 5 a 9 años, La dramática creativa de 9 a 13 años y El teatro joven de 13 a 16 años, escritos junto con Rosario Navarro Solano.
    “Esto no se difunde porque no le interesa al sistema escolar”, explica Mantovani. “El sistema tiene un orden, unas reglas, y ha establecido una educación basada en transmitirle conocimientos a los niños: meterles conocimientos, en vez de sacarlos de ellos. Una pedagogía de la expresión te cambia toda la óptica”.
    Mantovani subraya que su metodología pretende rescatar fundamentos largamente estudiados por otros especialistas, como Jean Piaget, quien discutió el desarrollo progresivo de la inteligencia humana: a los 24 meses aparecen el juego simbólico y el uso de la imaginación (un palo de escoba es un caballo) y alrededor de los cinco años aparece el juego de roles y el niño se pone en el lugar de otros: cuando su mamá lo regaña, él después regaña a una muñeca o al hermano menor.
    Es juego y son experiencias dramáticas, y “todo eso hay que entenderlo como aprendizaje”, subraya Mantovani: “El niño se va formando mientras juega. ¿Qué le puedes pedir a un niño de dos, tres años? Que vaya creciendo, que se desarrolle. El tema es el apuro: que los adultos, como tú (le dice a Karla Constantini) veías en el teatro, los presionan”.
    Lo que el método de Mantovani plantea es un sistema de teatro dentro de la escuela, incorporado al sistema. “Esto tuvo auge por ejemplo en Canadá, donde hubo una profesora francesa, Giselle Barrelle, que instauró la expresión dramática en la Facultad de Ciencias de Educación. Ella decía una cosa muy interesante: en la primaria, todas las materias son de conocimiento de la realidad; no hay ninguna donde el sujeto sea el objeto de conocimiento”.
    Entonces cita a otro especialista: el psicólogo Carl Rogers, que proponía una terapia de psicoanálisis centrada en “el cliente”, no en el trabajo de analista. Así, en lugar de imponer la disciplina escolar al niño (“pórtate bien, estudia, memoriza: eso sería la ética del estudiante”), la materia escolar sobre teatro le ofrece una educación basada en su propia expresividad.
    ¿Por qué las escuelas no lo captan? Porque esta presunta clase sobre expresividad no casa con la idea disciplinaria del sistema escolar convencional, supone Mantovani: “En última instancia, se le tiene miedo a la libertad, como decía Erich Fromm. Lo que estamos proponiendo es personas que se eduquen, que crezcan, que sean libres, que sean felices…”.
    De estética y de ética
    La ética de las escuelas infantiles es sencilla: pórtate bien, apréndete esto que deben aprenderse todos, avanza de grado y obedece a tus maestros. La estética también es simple: cuando eres alumno debes alcanzar tales metas aplicada y ordenadamente. El método de Alfredo Mantovani plantea otros principios: “No es teatro, es juego dramático; y lo que tú observas es un espectáculo nuevo, sorprendente, cuando se ponen a correr por todos lados”.
    “La estética es vocacional. Lo que planteamos es la estética de la comunicación, más que la de la obra perfecta, acabada. En la escuela el maestro quiere hacer la obra bonita, ordenadamente, de acuerdo con ciertos cánones. Ése es el problema. Si le dices: mira, ya no importa hacer la obra acabada.

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