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    José Agustín y mis cuates marcianos

    By on 20 agosto, 2014

     

    José Agustín cumple 70 años y me digo: “¡No puede ser, es un chavo!”. Será porque su pluma es siemprejoven.
    En primero de prepa ya no me sentía como bicho raro entre tanto “grande”. Era un cambio muy bienvenido. Era, además, una generación nueva para mí, con la que podría interactuar sin prejuicios.
    Ese año tuve un maestro que dejó huella. Mauricio Brehm daba literatura hispánica y nos hizo ver las letras de otra manera. Ya no se trataba de coleccionar autores y definir estilos, sino de sentir la literatura, y entenderla como un acto de amor (Brehm era un jesuita místico, y es un gran poeta desconocido). Sus clases eran para mí como un gran abrevadero.
    Mis lecturas en esa época eran más bien limitadas. La revista Pop, Alvaro Delaiglesia, la trilogía de Lobsang Rampa (los dos primeros libros me encantaron; con el tercero me sentí engañado) y un bookcito que compré en la Librería de Cristal: la Autobiografía de José Agustín, un chavo de 25 años que la escribió cuando tenía 22.
    José Agustín fue un descubrimiento enorme para mí. Un chavo que publicó su primera novela a los 20 años, que pensaba como nosotros pensábamos y que escribía como nosotros hablábamos: con neologismos, con groserías, con desenfado. Es difícil describir mi sensación al leer esa autobiografía cotorra. Era, en primer lugar, sentir que el mundo se me abría, que los chavos como yo éramos muchos, que las palabras y las formas podían ser desacralizadas y que eso era divertido.
    Mayores fueron la sorpresa y la alegría cuando Brehm pasó a hablar de literatura mexicana contemporánea. De Rulfo (donde nos hizo “terminar” uno de los cuentos de El Llano en Llamas) y Fuentes, pasó a la llamada “literatura de la onda” y a su máximo exponente: José Agustín. ¡Pácatelas!, el chavo que escribía “pendejo”, “chingada”, “mal pedo”, “le agarró las nalgas” y “estaba muy friqueado” era parte de la clase de literatura. Brehm preguntó quién había leído a José Agustín, y tres de nosotros levantamos la mano. Luciano Peralta había leído La Tumba; Raúl Trejo, De Perfil, y yo, la Autobiografía. Nos instó a que nos intercambiaramos los libros. Trejo me prestó De Perfil; es el día que Peralta no me devuelve la autobiografía.
    A partir de ahí, me hice cuate de Raúl Trejo, un chavo muy serio, un poco tímido, muy formal, de frases profundas y movimientos torpes, que había llegado a la prepa de otra secundaria. Durante los recreos, nos íbamos a una tortería cercana a platicar sobre mil temas. El quería ser periodista y se interesaba por todos los asuntos, aún aquellos —como los deportes— que no le interesaban realmente. Pero de lo que más hablamos fue de literatura. Ambos empezamos a devorar con avidez toda la literatura de la onda. Poco a poco, también, nos empezamos a dar cuenta de que, aunque entretenida, tenía muchas más obras malas que buenas. Raúl es el amigo de más larga data que tengo: una amistad que tiene 45 años.
    A los pocos días, se nos juntó otro cuate del grupo, una suerte de loner con ideas mafufas e iconoclastas. El había leído la Autobiografía de Carlos Monsiváis en la misma colección y había sido llevado por Mauricio Brehm a la lectura de Las Tribulaciones del Estudiante Törless. Pero sus verdaderas pasiones eran el erotismo y la cultura de la droga. Se llamaba Raúl González Rodarte.
    Un día, caminábamos por la calle y yo veía cómo el ancho Trejo, poco expresivo, se movía como ajeno al mundo y a su propio cuerpo; veía cómo el escurrido González Rodarte se movía como con nervios de colibrí, enfundado en un pantalón ajustadísimo, y me parecía, él mismo, un colibrí detrás del escape de un camión. Fue cuando me dije: “Mis cuates son extraterrestres”. Así que de plano le pregunté a Trejo: “Oye, Raúl ¿De veras no eres marciano?”
    Pasaron los años y seguí leyendo a José Agustín: además de los tres libros ya mencionados, sus primeros ensayos (con múltiples errores) sobre el rock La Nueva Música Clásica, su delicioso libro de relatos Inventando que Sueño, la difícil obra Abolición de la Propiedad, con una grabadora como personaje, esa pachequez llamada Se está haciendo tarde (final en laguna)…
    También vi su obra de teatro Círculo Vicioso (y el vato más loco de la cárcel se llamaba Jorge Ayala Blanco), viajé con él a las llanuras gringas en Ciudades Desiertas en los días en que nacería mi segundo hijo. Estuve en el estadio —pero estaba en un avión, porque me chuté el libro en un vuelo intercontinental— en aquel juego perfecto de Cerca del Fuego.
    Luego lo perdí un rato, para recuperarlo en Armablanca —cuando uno descubre que José Revueltas, las chavas, las señoras y también los tiras hablan como José Agustín— y, sobre todo, en esa obra madura y ecléctica, que presenta todo un canon: Los Grandes Discos del Rock 1951-1975. Allí está él, en grande, cotorreando, muy subjetiva y libérrimamente, acerca del rock, sus pasiones y sus pasones.
    Cada libro, muy divertido. Cada uno, muy bien escrito. En todos, se percibe la presencia del genio. Tal vez el pecado social fue haberlo lanzado a la fama tan joven. José Agustín siempre ha tenido talento literario. Pero tal vez se confió demasiado en él, por lo que a veces carece de rigor: de todos modos el libro estará chido. Ese defecto se repite mucho en sus ensayos “políticos” (como quien dice “peor para la realidad”).
    Ahora este compañero cumple 70. Ya es venerable. Y yo todavía sigo con las ganas de ver su obra teatral Los atardeceres privilegiados de la Prepa Seis, que ha de tener un sabor definitivo de adolescencia sesentera.

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