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    “Gancho al hígado” a discriminación

    By on 17 agosto, 2014

     

    Los golpes de la vida por su condición física dejaron de ser lo que más le preocupa. Necesita empleo, apoyo, que crean en la fuerza que poseen sus puños ávidos de llegar a ser el mejor pugilista en silla de ruedas.

    Todo ha quedado en simples ilusiones; la silla de ruedas que Néstor utiliza es ajena, como también el tiempo que pasa vertiginoso sin ver materializado su proyecto de ser uno de los mejores pugilistas en su categoría.

    El primer round que sufrió junto con su familia fue al nacer. Los médicos informaron a su madre que Néstor tendría una vida muy compleja, pues nació con una rara enfermedad llamada Artrogriposis Congénita, que lo dejó inválido para siempre.

    Aún así, “la pasión y el amor por la vida” que caracterizan al joven boxeador lo motivan a luchar contra las adversidades, la discriminación, el olvido social y, sobre todo, contra las pocas expectativas de algún día alzar los puños entre reflectores en el ansiado cuadrilátero.

    En entrevista con un Diario de circulación nacional, explica que los momentos que potencializan la fuerza en sus puños y la inteligencia para mover a su adversario son justamente cuando utiliza la silla de ruedas que ocasionalmente le presta su novia Juanita.

    Aunque las piernas no le funcionan, los brazos tienen ese toque de agilidad que todo pugilista anhela poseer. Los caracteriza la sagacidad para el golpe de izquierda.

    “No importa que la silla se mueva en cada golpe que logran darme, el impulso con el que va de regreso mi guante me motiva a acabar a mi oponente; mis sentimientos de tantos años los deposito en cada encuentro, en cada entrenamiento, en cada golpe que me hace sentir vivo”, asegura Néstor.

    Pese a su condición de discapacidad, estudió algo relacionado con la movilidad: Mecánica. Nadie ha depositado confianza en sus conocimientos, la constante es que no hay trabajo, pero ese “no”, es por la imposibilidad de caminar, de desplazarse como cualquier otro, cuando lo importante está en la mente y en las manos.

    “Careces de cimientos”

    Su primer entrenador le hizo conocer lo que es la discriminación. Cuando Néstor manifestó su interés por mostrar su oficio, recibió un puñetazo de voz del que imaginó le enseñaría los mejores ganchos y el ponch para acabar con sus contrincantes.

    “Hubo un entrenador que me dijo ‘no podemos hacer nada, tú eres como una casa, para entrenar box eres como una casa y una casa, para que resulte, tiene que tener buenos cimientos y tus cimientos pues… Es duro pero no te sirven’”, relata

    “Fue un golpe muy duro pero al verte en un espejo, quedas con la idea del sí, es cierto, pero te entra el sí puedo y sí lo voy hacer y voy a demostrarles”, afirma.

    La limitación del joven boxeador no sólo se reduce a sus piernas sino también a la falta de recursos para adquirir una silla de ruedas con la cual pueda entrenar a la hora y el día que decida.

    “La silla en la que entreno box ella me la presta (su novia), incluso es difícil porque ella entrena danza, entonces hay veces que me dice ‘vete a entrenar pero te apuras porque yo entreno a tal hora’ o al revés y la silla, hay que llevarla a mantenimiento y luego se nos complica más.

    “Mi papá me apoya económicamente, yo estudié mecánica automotriz, siempre me han gustado los carros, hay cosas que me fallan pero lógico porque no tengo la práctica y es porque no he conseguido un trabajo, muchas veces es difícil, y no es que te hagas la víctima, pero es difícil encontrar trabajo. Para una persona normal es difícil, para nosotros con la discapacidad aún es más difícil”, subraya.

    Pese a las adversidades, Néstor entrena con boxeadores que mueven rápido las piernas y giran con fuerza la cintura pero, a ese ritmo, las ruedas de la silla quedan frente a su oponente y llueven los golpes de Néstor, que no cesan como su decisión de llegar a ser uno de los “grandes” en la arena.

    Otras historias

    Muchas historias de otros pugilistas emergen de la pobreza, de la necesidad, y la de Goyo es otra con brillo propio por la falta de un miembro pélvico, que reemplaza con una prótesis.

    Originario de Domingo ArenasPuebla, llegó hace varios años al Distrito Federal. Enfrentó la rudeza de la vida como muchos otros; vendió chicles en los cruceros, soportó insultos al limpiar los parabrisas pero, consciente de su situación, usó los puños para defenderse de cuanto “cabrón” pretendía abusar; es más, asegura que mandó al pavimento a por lo menos 15 “cabrones”, lo que lo convirtió en un auténtico “líder”.

    Los puños los trae en la sangre, ya que su padre al que prácticamente no conoció, fue boxeador peso mosca en su natal Puebla. Conforme creció, se elevó su interés por mostrar su condición de pugilista.

    “Yo nunca entré a un gimnasio hasta hace dos meses, de pequeño conocí a un boxeador de nombre ‘El Macetón’ Cabrera, el me empezó a enseñar un poco de los movimientos, y no en un gimnasio, sino en un camellón y con unos arbolitos”, dice.

    “Ahí fueron como unos dos meses, tenía como unos 10 u 11 años más o menos; de ahí dejé de hacer eso, y mi dedicación siempre fue el trabajo desde niño, nunca fui a la escuela, a mí me trajeron a los ocho años porque éramos pobres y la herencia de mi papá, mi abuelo nos la quitó, entonces mi mamá nos trajo a mi hermano y a mí, llegando aquí fue trabajar, vendía yo en ese tiempo chicles de a 20 centavos en Cárcel de Mujeres y luego en la TAPO y ahí crecí gran parte de mi vida.

    Ningún impedimento

    “Iniciamos a vender en los camiones cuando eran los Delfines y pasaban los Ruta 100, ahí en la ruta donde estaba vendiendo fui el líder por ser el más viejo, del tramo de San Lázaro hasta San Juan de Aragón; antes se manejaba que no podías dejar entrar a otro vendedor, o sea cuidar la ruta, entonces ahí te vuelves agresivo para poder comer”, recuerda Goyo.

    El boxeo adaptado es ahora su vida. Ni la sombra que envolvió su vida cuando perdió la pierna derecha en la trituradora de hielo de la fábrica donde trabajaba ha sido impedimento para “medirse” con cualquier otro.

    “Siempre fui muy alegre pero desde el día del accidente sentí que ya nada iba a ser igual, la vida cambia de la noche a la mañana, un día despiertas sin saber que un accidente te está esperando a la vuelta de la esquina, te sientes inútil, inservible y se pierden las ganas de vivir.

    “Ya no podía conseguir trabajo, los que decían ser tus amigos lo dejaron de ser, ahí te das cuenta que no existen, sólo te tienes a ti mismo, bueno hubo uno que sí, él me dijo ‘órale pinche Goyo ponte a trabajar el micro y no quiero un no puedo wey’.

    La ruta que emprendió para conocer algún día el triunfo es en mucho por el amor a su esposa y su hijo; “mi pequeño” ahora también se instaló en el cuadrilátero y “será campeón”.

    El momento esperado para Goyo llegó con una pelea en la modalidad de ‘boxeo adaptado’, en el deportivo Francisco I. Madero, en la delegación Iztapalapa.

    Con la primera campanada sintió repentinamente una parálisis en todo el cuerpo, pero las ovaciones, porras y su nombre haciendo eco entre los muros, lo despertaron nuevamente. El ánimo agilizó sus puños, y aunque recibió varios derechazos, los regresó con fuerza a su oponente al que envió a las cuerdas.

    Al final, los jueces declararon un empate y entre aplausos y silbidos los dos boxeadores alzaron los brazos en señal de triunfo. Goyo abrazó la gloria y agradeció a su inseparable prótesis.

    Los “hombres biónicos”

    Indudablemente la técnica no llega del cielo, la experiencia se plasma con un entrenador que en sus años mozsos conocieron de los triunfos y de las derrotas.

    Alfredo Uruzquieta, experto por sus 50 peleas amateur y 16 a nivel profesional, lo caracteriza no sólo su conocimiento del oficio sino su sensibilidad para imprimir confianza a su gente.

    La Arena México fue su principal escenario, donde también entendió que no siempre se gana por la buena; entendió que la corrupción es otro ingrediente en el ámbito profesional.

    “En la Arena México, ahí como encabezado ‘El Mantequilla’ Nápoles y ‘El Chileno’ Mani González; me tocó pelear con el que le decían que era el segundo ‘Mantequilla’ Nápoles, El‘Mulato’ Zúñiga, fue una pelea que mi oponente llegó con 65 kilos, la pelea estaba pactada en 60 y mi mánager Pepe Hernández dijo no, no, este muchacho no pelea, entonces ‘Cuco’ Conde y ‘Kid Rapidez’ lo jalaron y yo vi que le dieron dinero a Pepe Hernández y a Benito Comellas, me dicen: muchacho sí vas a pelear, te van a pagar el 25%.

    “Ya en la pelea, yo ya lo tenía abierto de la ceja y le había desprendido un poco la nariz de un upper y en lugar de mandarme a boxear, porque yo era inexperto, le iba ganando y en el sexto round me conectó y me noqueó, y esa es una de las peleas que me dolieron mucho”, recuerda con voz melancólica.

    A sus “muchachos” como los llama Uruzquieta, los entrena en Ciudad Deportiva, en compañía de su hijo. Ambos llenan de fortaleza a los que ya de por sí son campeones por sobreponerse a las adversidades físicas.

    “Aquí todos somos iguales y a Goyo se le llenaron los ojos de lágrimas y le digo, pues órale (…) se han sentido completos poco a poco, van llegando más, yo les digo de cariño los chamorrines porque traen sus prótesis y sus sillas, o sea los hombres biónicos, les da risa porque les doy confianza y platico mucho con ellos, aquí los trato igual”, apunta entre risas.

    Ninguno de los muchachos de ‘boxeo adaptado’ son inferiores, pues incluso entrenador y pugilistas ya piensan en los Juegos Paralímpicos y, desde luego, en un campeonato mundial.

     

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