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    “Con agua, tierra y tractor” se resuelve el problema agroalimentario de México

    By on 14 agosto, 2014

     

    Se ha señalado en numerosos foros que México no es un país agrícola aunque haga el esfuerzo de alinearse al modelo occidental intensivo de producción que desplaza la mano de obra y ocupa costosísimos insumos para obtener altos rendimientos. A la vuelta de los años, no prosperó la máxima que señalaban en la última etapa del siglo pasado muchos políticos mexicanos de que “entre menos personas trabajen el campo, mayor será la riqueza de los mexicanos”. Tampoco prosperó la política agrícola que señalaban titulares de algunas dependencias de estado en relación con la producción de alimentos de que “es más barato importar que producir”. Por lo menos, los resultados de los últimos 50 años de experiencia agrícola han probado que el modelo propuesto para producción agrícola en el país ha fracasado. Ya no somos autosuficientes, por ejemplo, en la producción de maíz y frijol, que son los alimentos básicos del pueblo mexicano.
    En nuestro país sigue presente la gran confusión que se origina de la permanente controversia de sustentabilidad y de seguridad y soberanía alimentaria entre los modelos de producción para atender la demanda de alimentos de las grandes urbes versus el aprovisionamiento a las pequeñas comunidades o poblaciones del interior del país. Las grandes urbes son consumidores natos de alimentos que relegan la producción de los mismos a las autoridades. Las pequeñas comunidades rurales no relegan la responsabilidad de producir alimentos al gobierno, ellos participan en satisfacer sus necesidades primarias.
    Para las grandes urbes el gobierno ha privilegiado el tener un solo sistema agrícola intensivo de producción, política que avanzó en esta dirección en el siglo pasado cuando se crearon los distritos de riego, que ahora han recibido nuevamente grandes apoyos financieros para su operación. La televisión nacional nos muestra con imágenes espectaculares la rehabilitación de los sistemas de riego, etc. de estos distritos. Es en este modelo de producción en el que se aplica el refrán que reza “con agua, tierra y tractor cualquiera es agricultor y más aun cuando se dan créditos para apoyar la actividad agroalimentaria”.
    El contraste agrícola se da en las pequeñas comunidades, rancherías, etc., que al no contar con lo que reza el refrán señalado, mantienen sus sistemas agrícolas de producción tradicionales que satisfacen en buena medida su demanda de alimentos y que son producto de las experiencias ancestrales de sus habitantes. Estamos hablando de sistemas como la roza, tumba y quema, los kanches, las chinampas, al pastoreo, etc. que se han desarrollado por la falta de suelo o de acceso a agua para la producción o la falta de planicies fértiles. Es sin embargo evidente que en la actualidad la presión deficitaria de alimentos principalmente para todas las grandes ciudades forzaron también a todos estos los sistemas agrícolas tradicionales existentes en el país a modernizarse emulando al modelo occidental de producir para atender la demanda de las grandes urbes. La exigencia fue feroz y se compraban tractores, por ejemplo, para la agricultura de laderas, que poco podían hacer con este nuevo implemento para mejorar la producción agrícola que no era propio para ese sistema de producción. La historia nos dice que los apoyos oficiales privilegiaron a aquellos sistemas tradicionales que se modernizarán emulando al sistema occidental. El concepto de modernización de los sistemas agrícolas tradicionales fue apoyado muchas veces con prestamos internacionales. Lo que no se entendía era que no era cuestión únicamente de tener algún recurso financiero, era la falta de conocimiento de cómo producir mejor en las condiciones limitantes de esos sistemas, nacidos no del exceso de agua, tierra y tractores, sino de la necesidad de producir para el autoconsumo. No recuerdo una convocatoria en el área de ciencia y tecnología o del sector agrícola en el que hayan anotado como demandas específicas el apoyar la producción agrícola de la milpa o en los kanches o de las chinampas o de la agricultura de ladera, etc.
    Resulta entonces relevante en el campo de la agroalimentación preguntarnos cómo es que existiendo apoyos financieros en nuestro país haya una clase agrícola económicamente pudiente y en el otro extremo otra en extrema pobreza. Una que ocupa el modelo altamente tecnificado occidental de altos insumos y otra que trata de subsistir con modelos ad hoc a pobres agrosistemas. La diferencia central que debería publicarse es la magnitud del apoyo que se ha dado a cada sistema agrícola, para conocer el límite de producción de cada uno de ellos y despejar expectativas de producción agroalimentaria.
    Para intentar hacer un modesto análisis histórico de la desigualdad económica basada en la productividad alimentaria en la sociedad de nuestro país, consideré como marco de referencia dos documentos que son importantes en este momento de la historia de producción de alimentos en nuestro país. El primero de ellos se publicó a principios del presente siglo y es The Cambridge World History of Food, un documento que contiene información valiosa que permite hacer un análisis de cómo en las diferentes partes del mundo se consolidaron los sistemas de producción de alimentos que permitieron a la humanidad alcanzar el nivel de desarrollo que conocemos. El segundo documento es la revisión que hace la afamada revista Science del 23 de mayo del presente año. Basándose en ambos documentos se puede entender el principio de cómo se empezó a dar la desigualdad económica entre los grupos humanos de una comunidad. Los expertos anotan que fue durante la revolución del neolítico o sea cuando se inventa la agricultura que se inicia el establecimiento de los polos económicos de la sociedad. El que tiene los alimentos tiene el poder y la riqueza, el que tiene pocos alimentos y tiene que comprar al que los tiene, para completar sus necesidades básicas de alimentación, es el que se vuelve vulnerable económicamente. El modelo sigue siendo valido.

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