La importancia de la lactancia materna

En el Renacimiento comenzaron a aparecer en prácticamente todos los espacios de la vida pública imágenes que en su momento fueron consideradas como sacrílegas: la Virgen María amamantando al niño Jesús.
Leonardo y El Greco, por citar sólo dos ejemplos, nos dejaron bellísimas obras al respecto.
Pensando en El Greco, es interesante observar que el acto de amamantar se presenta en un cuadro titulado La Sagrada Familia, pintura en la que no sólo aparecen la Virgen, José, Jesús y María, sino también Santa Ana quien se asume fue la madre de María.
La desacralización del amamantamiento de Jesús fue crucial para la cultura moderna en ciernes, si se considera a la luz de las diversas reformas que se impulsaron en los siglos XVI y XVII: desde el mundo de la religión hasta lo que podríamos llamar hoy como “el espíritu científico”, las transformaciones estructurales de la época y su impacto en la vida cotidiana fueron de enorme magnitud.
El tema viene a cuento porque entre esta semana está dedicada en el ámbito internacional a la promoción de la lactancia materna como método de alimentación exclusivo en la primera infancia, y como método principal de alimentación en los primeros meses de vida de las niñas y los niños.
No debe olvidarse que en nuestro país el derecho a la alimentación está garantizado en el texto constitucional; y que a la par está garantizado también el derecho a la seguridad alimentaria, es decir, a la disponibilidad, en todo tiempo y lugar, a alimentos sanos e inocuos para toda la población, y en particular para la niñez.
Los datos del Coneval no dejan lugar a dudas: el 28.2% de las niñas y los niños viven en vulnerabilidad por carencia de acceso a la alimentación, porcentaje que en términos absolutos implica que, a los 21.1 millones de menores de 18 años que viven en pobreza, deben sumarse 11.1 millones que viven en la vulnerabilidad señalada.
Por su parte, la Encuesta Nacional de Nutrición y Salud, 2012, nos dice que sólo el 14.4% de las niñas y niños de nuestro país son alimentados exclusivamente con leche materna durante los primeros seis meses de vida, un porcentaje significativamente menor al 22.3% que había sido identificado en el año 2006.
La literatura especializada nos indica que las niñas y niños que no son alimentados exclusivamente con leche materna tienen mayores probabilidades de enfermar de padecimientos prevenibles, tales como las infecciones respiratorias agudas y las intestinales, así como mayores probabilidades de morir antes de los cinco años que quienes sí son alimentados con leche materna.
De igual modo, las niñas y niños que no son amamantados exclusivamente con leche materna los primeros seis meses de la vida, enfrentan mayores probabilidades de tener sobrepeso u obesidad en edades tempranas; de enfermar por anemia; tener bajo peso y talla para su edad, entre otros problemas.
Lo que es un hecho es que en las condiciones socioeconómicas en que vivimos es muy difícil para muchas madres amamantar a sus hijas e hijos, pues quienes trabajan, enfrentan severas dificultades de horarios y movilidad para poder estar con sus niñas y niños.
Por otro lado, no puede negarse también el déficit cultural y educativo gracias al cual se han generado mitos y falsedades en torno a la lactancia materna, llegando incluso al extremo de negarles este derecho a sus hijas e hijos por “consideraciones estéticas”.
Proteger a la niñez es una de las mayores responsabilidades éticas que tenemos como sociedad.
Brindarles oportunidades para un adecuado desarrollo comienza precisamente por una buena alimentación y salud, las cuales dependen a su vez de la lactancia en la primera infancia.
A final de cuentas, si alguien tiene dudas sobre la relevancia que tiene, hasta en el ámbito psico-afectivo el amamantar a las hijas e hijos, que le dé un vistazo a la pintura del Renacimiento.
En una de esas, también se enamora del arte.