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    Bibliotecas se 'esfuerzan' por ser mejor vistas

    By on 10 julio, 2014

     

    Según datos del Inegi de 2010, en Jalisco hay 85 mil 345 personas con discapacidad visual, esto es poco más de 1.2% de la población total de la Entidad. Para atender a ese sector de la población, la Universidad de Guadalajara desarrolla un proyecto para la creación de la Red de Servicios Bibliotecarios Especializados para la Discapacidad Visual, aunque de momento está en la etapa de capacitación del personal.
    En la Red de Bibliotecas universitaria sólo hay dos espacios que funcionan actualmente como salas para invidentes y débiles visuales: en la Biblioteca Iberoamericana Octavio Paz y en la Biblioteca Pública del Estado de Jalisco (BPEJ), aunque hay algunas salas de lectura donde se cuenta con obras en braille. En voz de Jesús Calvillo, invidente y trabajador universitario: “Son esfuerzos aislados, es muy poco, sobre todo porque una está en Periférico y otra en el Centro, a mucha gente le queda lejísimos”.
    Calvillo cursa un doctorado interuniversitario en el ITESO y la Ibero de Puebla y del Distrito Federal, con un proyecto de inclusión educativa: laboró en la sala de invidentes de la Biblioteca Iberoamericana y funge como asesor en el proyecto de la UdeG y los servicios especializados para la discapacidad visual.
    Jesús comenta que el braille lo leen pocos y lo leen mal, por lo que —en su opinión— “sería un gasto de espacio y de recursos muy grande tener una biblioteca sólo de braille. Por ejemplo, un diccionario Larousse de nivel primaria mediría 14 tomos del tamaño de una sección amarilla. Por eso la apuesta por lo técnico”.
    Ana Griselda Morán, de la Unidad de Servicios Bibliotecarios de la Universidad de Guadalajara, está de acuerdo con Jesús Calvillo y asegura que el formato en braille es obsoleto frente a la tiflotecnología (tecnología de apoyo). Su implementación puede variar, en promedio algo muy básico saldría en 50 mil pesos y algo más completo en 300 mil: hay que pagar licencias de los programas, y las impresoras en braille son más caras que las comunes. Calvillo recuerda que en años pasados —hace alrededor de una década— ha habido otras iniciativas para favorecer a este sector, sin embargo “muchas de las salas que se implementaron en aquel entonces están ahora en desuso, abandonadas o cerradas: como la del Congreso o la del Ejército. No hay quién las atienda”.
    Y en ese sentido destaca la relevancia del programa en el que trabaja la universidad actualmente, dado que implica que los usuarios accedan a la información por ellos mismos, “que se vuelvan autónomos: enseñarles a usar una computadora, que aprendan a digitalizar los libros por su cuenta, no queremos usuarios cautivos”.
    Impulso desde la universidad
    La Universidad del Valle de Atemajac (Univa) tiene 11 años con su biblioteca, en donde pone a disposición de sus usuarios cerca de 100 ejemplares en braille, así como un acervo digital y computadoras con software accesible para personas con discapacidad visual.
    En opinión de Bertha Astorga, de la sala de invidentes de la Univa, aunque muchos usuarios prefieren la computadora, sí hay quienes recurren al braille: “Sí es importante, a ellos les ayuda en gramática, ortografía: no es que quede atrás, las personas prefieren la comodidad”. Ellos prestan servicio de manera abierta a la sociedad en general, no sólo para la comunidad universitaria. El único costo que tienen es el de las impresiones. El promedio de usuarios al mes es de 60 personas, tomando en cuenta que también dan consultas por teléfono e internet acerca del manejo de los programas.
    Claroscuros en proyectos
    En 2008, la Secretaría de Cultura y el Conaculta impulsaron el proyecto “Biblioteca para discapacitados visuales” en 20 bibliotecas en el interior del Estado.
    La elección de los municipios tuvo el acierto de apegarse a las estadísticas del Inegi para instalarlas en lugares con una mayor población de débiles visuales. Sin embargo, ha tenido sus claroscuros: por ejemplo, en la Biblioteca de Los Mangos (Puerto Vallarta), parte del material fue por un donativo privado, pero el donador —al percatarse de que no estaban en las condiciones ideales y de la carencia de público— retiró los ejemplares y los llevó a una escuela de invidentes. Sólo quedó una computadora especial con pantalla para débiles visuales, con su escáner e impresora. El programa segue vigente en espacios como la Casa de la Cultura de Zapopan.

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