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EE.UU. no urge tomar partido, sino aprender de su experiencia

By on 20 noviembre, 2020

 

La fractura y la lucha entre dos distintos sectores de la clase dominante norteamericana que ha sacado a la luz la elección reciente, obedece a que defienden puntos de vista distintos, difíciles de conciliar entre sí, sobre un mismo problema: cómo mantener la hegemonía absoluta en los terrenos económico y militar de Estados Unidos sobre el mundo entero, sin tener que renunciar a su riqueza y privilegios al interior del país y, al mismo tiempo, sin poner en riesgo la estabilidad social con un estallido de las clases menos favorecidas.
Los resultados de la elección presidencial, que evidencian la partición de la sociedad norteamericana casi a la mitad y la negativa de Donald Trump a reconocer el triunfo de Joe Biden, son consecuencia directa de la fractura de la élite. ¿En qué consisten las diferencias? Los llamados “soberanistas”, que son los partidarios de Trump, defienden la opción sintetizada en el conocido lema de campaña de su candidato: “Hacer a América grande otra vez”; mientras que los “globalizadores”, partidarios de Biden, defienden la opción de la conquista y el predominio directo de su país sobre el resto del mundo. Dos breves citas demostrarán y explicarán lo que digo.
En su discurso del 24 de septiembre de 2019 ante la Asamblea General de la ONU, Trump dijo: “El mundo libre debe abarcar sus cimientos «nacionales». No debe tratar de renunciar a ellos y reemplazarlos…” Y poco después añadió: “Si quieren ustedes la libertad, estén orgullosos de su país. Si quieren democracia, aférrense a su soberanía. Si quieren paz amen a su nación. Los jefes de Estado perspicaces siempre ponen el interés de su propio país en primer lugar. El porvenir no pertenece a los globalistas. El porvenir pertenece a los patriotas. El porvenir pertenece a las naciones independientes y soberanas que protegen a sus ciudadanos, que respetan a sus vecinos y que aceptan las diferencias que hacen a cada país especial y único.” (voltairenet.org, 15 de noviembre)
La primera acción de la política exterior de Biden, según lo dijo él mismo, será fortalecer la OTAN, a la que considera “el corazón mismo de la seguridad nacional de Estados Unidos”. La segunda acción será una “Cumbre Mundial por la Democracia” en la que participarán “las naciones del mundo libre y las organizaciones de la sociedad civil del mundo entero que están en primera línea en la defensa de la democracia”. En esa reunión se acordará una “acción colectiva contra las amenazas mundiales” para “contrarrestar la agresión rusa, preservando el filo de las capacidades militares de la alianza e imponiendo a Rusia costos reales por sus violaciones a las normas internacionales” y para “construir un frente unido contra las acciones ofensivas y las violaciones de los derechos humanos por parte de China, que está extendiendo su alcance mundial.” (voltairenet.org, 13 de noviembre).
Para quien tenga dos dedos de frente, no hace falta más para entender la esencia de ambas posturas y las diferencias irreconciliables entre ellas. Tampoco hace falta más para darse cuenta que la posición de Trump resulta mucho más racional y tolerable para el mundo entero, incluidos México y los mexicanos, que el feroz guerrerismo depredador que exudan las declaraciones de Biden, que es solo el vocero del Estado Profundo y del complejo militar-industrial que son los que realmente gobernarán durante la presidencia de Biden. Esta es la razón, bastante más importante y sustancial que un supuesto “populismo” y odio a la democracia, por la cual Rusia y China no se han apresurado a celebrar el triunfo de Biden y a felicitarlo por su triunfo. Y esto es también lo que ignoran todos los que en México se deshacen en aplausos y elogios para el vencedor, presentándolo como antípoda del racista, supremacista, misógino y “polarizador” Trump, sin tocar para nada el meollo de la cuestión, es decir, su política imperialista y de explotación económica hacia México y toda América Latina. En ambos errores se apoya el signo de igualdad que colocan entre López Obrador y Jair Bolsonaro, de una parte, y Xi Jinping y Vladímir Putin por la otra. Un absurdo total, como ahora se puede ver.
Los “soberanistas” sostienen que su plan es, quizá, la última oportunidad de salvar el Imperio económico y militar de Estados Unidos con un costo mínimo; los “globalizadores” ven en esa política un golpe mortal para el complejo militar-industrial, principal sostén de ese mismo Imperio. “Sin guerras no hay industria armamentística”, y sin industria militar no hay poderío económico que defender, argumentan. Y a su modo tienen razón. El triunfo de Biden es inaceptable para Trump y seguidores, no por el “populismo” del primero ni porque desprecie y pretenda destruir la democracia norteamericana (que ya vimos que no es tal), sino porque representa el retorno al pasado puro y simple, un pasado de guerras y conflictos cuyo costo han pagado las clases trabajadoras y contra el cual votaron al apoyar a Trump. El error, grave error, de los demócratas, es haber “derrotado” a Trump con un candidato que es la más elocuente confesión de que su plan es volver a lo de antes, a lo de siempre, que buena parte de la ciudadanía vomita.
Allá como aquí, la salida no está en la vuelta al pasado sino en la fuga hacia adelante mediante un proyecto de país que supere al de los “populistas” en la atención a los más necesitados, a los olvidados de siempre, y que estos lo conozcan, lo entiendan y lo apoyen. Allá se trataba de derrotar a Trump arrebatándole su base social, y para eso el peor candidato era Biden, como lo demuestra la división resultante en vez de la reunificación buscada. La salida era Bernie Sanders, pero la ultraderecha guerrerista no lo dejó llegar ni siquiera a candidato. En México, la salida tampoco está en la ultraderecha, ni en quienes ven en el pueblo solo una partida de holgazanes buenos solo para crear problemas. Un proyecto elaborado por líderes de las clases altas puede ser útil o no, pero resulta indispensable estudiarlo con cuidado antes de apoyarlo sin reservas. La salida más segura es un proyecto que rebase a Morena por la izquierda, creado por todas las fuerzas populares unificadas en un solo frente en el cual el pueblo pueda confiar. De lo contrario, puede pasar lo mismo que en Estados Unidos. Veremos y diremos.

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