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El caos del escarmiento

By on 11 agosto, 2020

 

En el comportamiento de toda sociedad siempre se manifiesta cierta carga de individualismo y lo que actualmente está pasando es el caso más claro con ese mal cumplido arraigo domiciliario sin delito cometido y ahora intentando llevarnos bien con una nueva normalidad egoísta e intencionalmente mal entendida en cuanto a las actividades esenciales y no.
Sin restar mérito a las buenas acciones de un buen segmento de la sociedad, como conjunto estamos viviendo una incertidumbre en cuanto a la proporción y alcances de esta pandemia que resultó en una gran porción de la población a la medida de conveniencias individuales. Una pandemia de sastrería, digámoslo así.
Según su definición, la responsabilidad social es la carga, compromiso u obligación, de los miembros de una sociedad ya sea como individuos o como miembros de algún grupo, tanto entre sí como para la sociedad en su conjunto. Está considerada como una teoría ética en donde se engloban las conductas, deberes, derechos y responsabilidades de los individuos de cara a cualquier sociedad. Para ejercer la responsabilidad social hay dos rutas: la positiva que significa el actuar o la negativa que es el abstenerse de actuar, dejar de hacer. Sí: dejar de hacer, ojo.
Marco Tulio Cicerón (106-43 A.C.) en libro primero de “Los Deberes”, habla sobre los que tiene el hombre hacia la sociedad y hacia él mismo y propone que existe sólo una ley verdadera.
Esta ley es la recta razón, la cual, de acuerdo con la naturaleza, gobierna sobre todos los hombres, es eterna y no cambia. La misma impulsa a los hombres a cumplir con sus deberes, prohibiéndoles hacer el mal. Creo que esto no necesita ni explicación ni manual alguno y el que tenga oídos que oiga.
La evidente irresponsabilidad motivada por la apatía social de frente esta pandemia, se revela en el no solo tomar el riesgo de contagiarse o de contagiar a alguien más con su obligada secuela dañando a los integrantes de sus entornos familiares, laborales o sociales, también se hace evidente en la falta de conciencia (recta razón) de las consecuencias económicas posteriores que serán, si no letales, igual de catastróficas, así lo señala la historia en las no pocas epidemias que han azotado a la humanidad.
Entiendo que somos seres sociales, así veníamos de agencia, y que nada nos afecta más que el no tener la libertad de hacer nuestra vida como la conocíamos, nuestras rutinas acostumbradas generando esto ansiedad y depresión, pero no olvidemos que toda libertad lleva sobrentendida una responsabilidad con uno mismo y con los demás. Ni modo, toca echarle para adelante.
Algo más, olvidémonos de la causa mediática y vigilemos el efecto y sus señales.
Esta nueva responsabilidad nos exige más que el no tirar basura en la calle; el hacer fila ordenadamente para las compras; no transitar con el vehículo arriba de las banquetas; el respeto al peatón y las ciclovías entre otras normas de conducta que ya cumplimos de una manera aprendida y ya al cargo del inconsciente.
Se trata, por lo pronto, aunque indefinido, de ciertos sacrificios a nivel familiar y social tales como la convivencia afectiva, un beso o un abrazo. Se trata, además, de ganarnos un buen sitio en la sociedad por medio de esa recta razón que dice Cicerón, mientras ésta desbocada pandemia nos va aflojando las riendas.
Estamos padeciendo el grave caos del escarmiento con la saturación de los hospitales en donde acciones tan sencillas como el uso del cubrebocas, el distanciamiento social, lavado constante de manos y no tocarse la cara (creo que esto último es lo más difícil) son claves para domar el contagio y esto es bien sabido por todos, no hay falta de información, pero a algunos que no son pocos la necedad los hace sordos y ciegos.
Vale la pena citar al gran Quino cuando apuntó: cada vez somos más gente y menos personas y si, en las ciudades hay gente y en las sociedades personas.

@barrerArq

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