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Cuando tomar tequila era mal visto

By on 22 mayo, 2020

 

Los capitalinos del siglo XIX compraban chichicuilotes en los puestos ambulantes del centro de la Ciudad de México. Otras veces comían cabeza de chivo, de borrego y puchero que mezclaba comida de todos los días. También practicaban el baile del escote y disfrutaban la rifa de los compadres. Pensaban que tomar tequila sólo era para gente rascuache, y que el jarabe tapatío era un baile indeseable. Y, durante Semana Santa, hacían la tronadera de los Judas con figuras de gran formato a las que metían gatos vivos en su interior.
En ese tiempo, los niños podían fumar y los taxi-carruajes eran castigados con ocho días de grilletes si abandonaban la base para ir en busca de pasaje. Cuentan que las velas finas eran elaboradas con grasa de ballena y las de sebo eran para familias de pocos recursos; que los aguadores eran los galanes de las criadas y los encargados de llevar las epístolas amorosas a las niñas de la casa; y que el sereno era el policía del barrio. Además, todos los mercados y tianguis tenían espacios para apostar a la baraja y a los dados, mientras los cronistas sugerían que las mujeres feas no usaran gorro.
«El gorro para las señoras, generalizado en Europa, sólo lo usan en el campo nuestras compatriotas, y algunas veces cuando van al paseo en elegantes carretelas descubiertas. El gorro es el marco de seda, cintas y flores del rostro de las bellas, y encierra sus perfecciones para atraer aún más la admiración, formando una galería de retratos animados; por esta causa, aconsejamos que se prohíba su uso entre las viejas y las feas”, escribió Marcos Arróniz en Un paseo por el centro de la Ciudad de México.
Estas imágenes, frases y costumbres son recuperadas en el libro Una visita al siglo XIX (Loqueleo), compilado por el investigador José Luis Trueba Lara, en el que recupera y actualiza algunos textos de escritores y cronistas mexicanos como Ignacio Manuel Altamirano, Juan de Dios Arias, Marcos Arróniz, Hilarión Farías y Soto, Manuel Gutiérrez Nájera, Manuel Payno, Guillermo Prieto, y Francisco Zarco, que reflejan el origen de lo mexicano o eso que algunos llaman nuestras señas de identidad.
«En este volumen están algunos de los textos que nos inventaron, porque lo que tú, yo y el resto de la gente somos fue inventado en el siglo XIX y lo hicieron tan bien que hasta nosotros lo creímos y empezamos a actuar como personajes literarios. Por ejemplo, cuando le dices a una chava ‘Tons qué, ¿somos o no somos?’; toda esa piropeada y este amor al pueblo, al leperito de la calle o a la china poblana, nacieron en el siglo XIX”, comenta el autor en entrevista.
«Les invito a dar una vuelta al pasado, a partir de una serie de crónicas de aquella época; mientras, de pilón, yo voy al lado del lector, tomándole la mano para que no se desbalague y asuste con todos esos términos”, comenta.
«Por ejemplo, si hablamos del ‘baile de escote’, quizá pensarían que era el ¡tubo!-¡tubo! de la época, pero así se le decía a los bailes de coperacha. Y si un grupo de personas estaba amolado y quería organizar una pachanga, pensaba en hacer un baile de escote, donde uno llevaba la comida, una botella o pagaba los músicos. ¿Se siguen haciendo esos bailes de escote? Sí, pero ahora se les llaman fiestas de traje”, añade el investigador.
Por otro lado, dice, la rifa de compadres da lugar a suspicacias, pero se refiere a una costumbre ligada al Día de Reyes, cuando las personas se llevaban el muñequito y se volvían compadres que debían organizar una tamaliza.
Otra costumbre muy habitual de los mexicanos en el siglo XIX era el consumo de chichicuilotes y de codornices, como lo registra Ignacio Manuel Altamirano en su visita a la Candelaria de los Patos.
Los chichicuilotes se vendían vivos para ser guisados en las casas de las familias de distintas condiciones. A la hora de mover el bigote, casi nadie les hacía el feo a estos pajarracos, a pesar de sus patas flacas y su poca carne. Incluso, las delicadas codornices, que llegaban a las mesas más fifís, también anidaban en las cercanías de las aguas”, apunta Altamirano.
El volumen también explica por qué la actual calle Francisco I. Madero del Centro era llamada Plateros, luego de que en 1638 se expidiera una ordenanza para que en ese sitio se congregaran los plateros y así se convirtió en uno de los lugares más fifís de la Ciudad de México.

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