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Días planos

By on 3 abril, 2020

 

Potosino de nacimiento, cabeño por adopción y arquitecto de por vida. Pienso que la participación en la sociedad es un compromiso y las letras son una oportunidad.

En días iguales como estos que se pasean como gato con cautela, somos pesa fácil del aburrimiento. La pesadez y el tedio nos acechan como en un domingo cualquiera, largo y sereno, hasta que surge algún factor externo que nos salva. Algo muy escaso en tiempos de pandemia.
La ociosidad puede ser contraproducente si no estamos disciplinados para hacer nada o si no aplicamos las horas para entrar en un serio dialogo con los adentros, ver para adentro. Echar a andar la ardilla con lo que sabemos hacer y con lo que no sabemos que sabemos. De seguro habrá algo, sin escarbar, que ya lo traemos en los genes y nadie nos ha enterado. Si nunca has pintado, pinta; si nunca has modelado en barro, anímate y hazlo, pero si nunca has cantado, por favor, mejor no lo hagas. Tenemos recursos cerca y a la mano que están refugiados en el arte en todas sus variaciones. Intentemos, pues, cambiar la opinión que tienen de uno mismo las personas que, de principio, conviven con nosotros.
Son días de encierro voluntario y tendremos en pro del bien común, que alinearnos, aunque a veces, y levante la mano el que no, te pase por los lados turbios de la cabeza sacarle los ojos a alguien. Hay que ventilar la paciencia y la tolerancia, lavarlas bien con jabón y frotárnoslas en la nuca a manera de ungüento de peyote.
Para Andréi Tarkovski – director de cine y poeta- “El deseo de reunirse para no sentirse solos es un síntoma desafortunado. Cada persona necesita aprender desde la infancia cómo pasar tiempo con uno mismo. Eso no significa que uno deba ser solitario, sino que no debiera aburrirse consigo mismo porque la gente que se aburre en su propia compañía me parece que está en peligro en lo que a autoestima se refiere”.
Para muchos de nosotros es más fácil cobijarnos con lo que se conoce como la abolición del tiempo, dicho de otra manera, matar el tiempo. Ojo: hay que consumirlo, no asesinarlo. El carrusel de la rutina nos ha provocado cierta fobia a la soledad, eremofobia se le dice con cariño elegante. También hay temor hacia los tiempos libres, esos tiempos vacíos, sin obligaciones, sin propósito alguno, más desabridos que el yogurt natural y que ahora estamos viviendo. Solo bastan cinco segundos en la nada para sacar de inmediato ese dispositivo como distractor que nos ofrece la posibilidad de configurar nuestras vidas bajo el juicio de otros y evitarnos la pena de fracasar en el intento propio para diseñarnos. Somos la suma de versiones ajenas que caben en una pantalla del tamaño de nuestra propia mano. El que tenga oídos que oiga.
No es, en muchas ocasiones, necesario o urgente revisar las redes. Va más motivado por el no saber qué hacer con ese breve y espontaneo tiempo además de aplicarlo intencionalmente como antídoto contra la soledad. Conformarnos con ese grado de compañía distante y generalmente ajena. Ese aparato como apoyo en tiempos de espera en el consultorio, en el transporte, en la fila, ignorando de esa manera, los trecientos sesenta grados de nuestro entorno o peor aún, como conducta indiferente en la mesa con alguien real, palpable y abrazable y cuidado con que a la compañía contratada le falle la señal, porque entonces son siete años de mala suerte como mínimo deseo además de las mentadas de madre obligatorias como válvula de escape a la frustración. Hemos llegado a los extremos de ser cautivos de las redes sociales y saber del vecino solo el primer apellido sin darnos cuenta que la ociosidad bien cocinada puede ser un capital valioso para la vida, seduciéndonos con la puerta entreabierta e invitándonos a explorarla y navegar con ella.
“El aburrimiento es lo que queda de los pensamientos cuando las pasiones son eliminadas de ellos”.
Alain (1868-1951)

@barrerArq

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