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Elena Garro, detonadores de recuerdos

By on 10 noviembre, 2019

La bebé Elena Garro en los brazos de sus padres, José Antonio y Esperanza; posando de niña al lado de sus hermanas Deva y Sofía, o a los 14 años, de trenzas y una blusa a cuadros.

Con el poeta y futuro Nobel de Literatura Octavio Paz en 1936, cuando eran novios; paseando en una lancha por el lago de Chapultepec, abrazados en el pasto o caminando recién casados en la Barcelona de 1937. Más tarde, el matrimonio Paz-Garro con su hija Helena en París, en Japón, Suiza, Nueva York, Italia, en los años 40 y 50.

Elena, en la década de los 60 en la Ciudad de México, actuando con el escritor Carlos Fuentes o bailando con el cineasta Arturo Ripstein. Después, su exilio en Madrid durante los 70, el regreso a México en 1991 y su instalación en Cuernavaca en 1993, donde vivió sus últimos años.

Estas fotografías en color sepia de Elena Garro (1916-1998), hasta entonces inéditas, sorprendieron a sus lectores hace 20 años al ser publicadas en Yo sólo soy memoria (1999), la biografía visual de Patricia Rosas Lopátegui (1954).

Es la primera y única biografía autorizada por Helena Paz Garro, su hija. Fue un libro parte- aguas, causó mucha sorpresa, incluso diría que impacto, pues nunca se habían visto esas imágenes, explicadas con anécdotas por la misma Elena”, comenta la investigadora vía telefónica desde New Hampshire (EU).

En entrevista con un Diario de circulación nacional, quien desde hace 40 años se ha dedicado al estudio de la vida y obra de la novelista, cuentista y dramaturga mexicana evoca que Yo sólo soy memoria es el primer volumen del proyecto que, debido a la gran cantidad de material, acordaron dividir en dos entregas; la otra fue Testimonio sobre Elena Garro (2002), que reúne sus diarios, cartas y poemas; ambas lanzadas por Ediciones Castillo, el sello regio hoy desaparecido.

La biografía fue el resultado de varias entrevistas que le hice en 1997. Ella me entregó el material, me hizo comentarios detallados sobre cada imagen y firmamos un acuerdo para que lo diera a conocer; y, tras su muerte en 1998, me coordiné con su hija”, explica.

La profesora de literatura latinoamericana en la Universidad de Nuevo México agrega que se tiraron mil ejemplares de cada título y que nunca más se reimprimieron, aunque tuvieron buenas distribución y ventas.

Sí tengo en el tintero el proyecto de actualizar ambos volúmenes de la biografía, hace mucha falta. Se debe revisar y ampliar la información, pues estos 20 años no he dejado de estudiar su obra y tengo datos nuevos. Tal vez pueda trabajarlos para dentro de dos años”, añade.

Destaca que la importancia de Yo sólo soy memoria es que salió a la luz cuando nadie hablaba de Garro, cuando aún no estaba de moda.

Nadie quería saber quién era ella. Estaba totalmente olvidada. Varios escritores que la conocieron me colgaron el teléfono cuando los quise entrevistar.

La apertura hacia su obra se dio a partir de 2016, por el centenario de su natalicio. Ése fue el detonador, la primera llamada. Sí ha tenido lectores y se ha escrito sobre ella, pero de manera esporádica, no constante. Sin embargo, esta apertura sólo ha sido hacia su obra, no hacia su vida, que aún causa temor abordar”, considera.

La egresada del Tecnológico de Monterrey está convencida de que todavía hace ruido en el ámbito intelectual  mexicano la actitud crítica que Garro tuvo hacia el poder; además de su exilio obligado, tras ser acusada en 1968 de organizar un complot comunista para derrocar al gobierno.

Pasión por el cine

Lopátegui narra que, durante los encuentros que tuvo con la autora de Los recuerdos del porvenir en su departamento de Cuernavaca, se percató de que la imagen tenía un significado especial para ella y que le gustaba ver sus fotografías, pues éstas eran detonadores de sus recuerdos.

Fue un regalo de la vida conocer y, sobre todo, convivir con Elena. Empecé a leer su obra en 1976, cuando ella vivía en España una época muy precaria, y era difícil entrar en contacto. La ví por primera vez en Monterrey en 1991, cuando visitó la ciudad y la entrevisté. Pero la mayor satisfacción fue cuando trabajamos en los dos tomos de su biografía”, indica.

Lo que más me gustaba era su humildad y sinceridad. Ella misma te abría la puerta. Te invitaba a pasar y te ofrecía agua o Coca Cola. Tenía esa amabilidad pueblerina y, al mismo tiempo, era muy cosmopolita. Platicaba muy sabroso, con anécdotas y frases populares. Te hacía reír mucho”, detalla.

Recuerda que Garro era feliz cuando le mostraba sus fotografías. “Sonreía más cuando hablaba de sus padres y sus hermanos, de las travesuras que hacía con Deva en Iguala o cuando evocaba que su papá les regaló un burro a cada una. También se le iluminaba el rostro cuando contaba el nacimiento de su hija Helena Paz”, enfatiza.

La autora de Un hogar sólido y La semana de colores también era una apasionada del cine y escribió diversos guiones. “Imagínate que a los 17 años, en 1933, actuó en el cortometraje Humanidad, de Adolfo Best Maugard; en 1941 realizó guiones de cine para Julio Bracho y en 1958 hizo, junto con Juan de la Cabada, el guion para la película Las señoritas Vivanco”.

La especialista concluye que, de hecho, falta revalorar las aportaciones de Garro como guionista de cine. “Pero para esto se necesita emprender una búsqueda intensiva, casi detectivesca, porque las cintas se conocen poco. Por supuesto que contemplo este proyecto, pero no a corto plazo”, adelanta.

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