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Había una vez… una transición

By on 6 octubre, 2019

En 2010 hice una visita a España para entrevistar a protagonistas de la transición 1975-1978. En México ese proceso no se había analizado a fondo porque se tenía la percepción de que España con Franco era una dictadura y el régimen del PRI se asumía como un modelo autoritario sin oposición real.

De todos modos, la transición española fue vista en México como el tránsito pacífico, pactado y liderado por el franquismo en retirada. Y lo que más llamó la atención como propuesta de pacto transicional fue el proceso conocido como los Pactos de la Moncloa: un acuerdo de reforma de las instituciones del Estado que tenían que ver con seguridad y desarrollo.

Aún ahora, a más de 40 años de distancia, los Pactos son referencia directa con la transición que catapultó la modernización económica y productiva y reorganizó las posibilidades de la nueva sociedad que venía empujando al autoritarismo de Franco.

Recuerdo que en 1994, poco antes de ser asesinado, el líder priísta José Francisco Ruiz Massieu que estaba designado como secretario de Gobernación –una mezcla de Ministerio del Interior y de Vicepresidencia política del régimen priista– me había comentado que en su segundo pensamiento de sus acciones estabas la transición española 1975-1978 que había estudiando a fondo. En esa charla me dijo una frase muy a la mexicana que apelaba a su formación priísta tradicional y su vocación transicioncita:

– Las transiciones las hacemos los dinosaurios –afirmó refiriéndose a Adolfo Suárez, el secretario general del Movimiento franquista como pivote de la transición a la democracia.

En el lenguaje político mexicano, un Dinosaurio es un político del viejo régimen. Y debían ser justamente los viejos personajes del régimen priísta los que debieran conducir la transición mexicana. No fue así.

La convocatoria a la transición española de 1975-1978 se hace aquí para ilustrar los problemas político-electorales de España para formar un gobierno estable. A reserva de verlo in situ, desde lejos se percibe una disputa por el poder entre élites políticas, no un entendimiento de la dimensión de la crisis por –hasta ahora– el agotamiento del modelo económico de los Pactos de la Moncloa.

Al parecer los políticos españoles no tienen la frialdad para ver que la crisis social, la marginación, las dificultades de los niveles de vida medios y bajos y el escaso crecimiento económico son consecuencia del modelo de desarrollo de los Pactos de la Moncloa. Europa se encuentra en un proceso de modernización productiva que está exigiendo una reformulación de los procesos de producción de bienes y servicios.

El punto clave de la economía se encuentra en un concepto: competitividad. Y la respuesta a ese desafío se localiza en tres variables concretas: educación, tecnología y reconversión industrial. En los seis principales líderes españoles aspirantes al gobierno –Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, Albert Rivera, Pablo Casado, Santiago Abascal y de pronto Iñigo Errejón– se perciben propuestas de programas asistencialistas para atender sectores marginados de los beneficios del desarrollo, pero no se advierte un diagnóstico de las razones de esa marginación: no es la crisis, sino la capacidad de producción y sobre todo la demanda agregada de sectores que carecen de recursos para estimular la economía. Y en lugar de buscar mayor crecimiento, la salida tangencial populista –sea conservadora o progresista– es la de dar recursos directos a los ciudadanos.

Las campañas electorales para elegir gobierno el 10-N se están centrando en una crisis elitista de disputa por el poder; es decir, en llegar a la Moncloa. Pero hasta ahora todos los aspirantes están ofreciendo decisiones voluntaristas de gasto presupuestal para el elector; nadie ha presentado un diagnóstico del carácter de la crisis económica. Pero todos están magnificando asignaciones presupuestales para conseguir votos, no para definir un modelo de desarrollo que permita crecer para distribuir.

Y para colmo, Sánchez ha tratado de posicionar de nueva cuenta, 44 años después, a Franco en el centro del proceso electoral, cuando ni siquiera existe el franquismo. El problema estará cuando el electorado comienza a cruzar la figura de Franco con el desorden político actual y entonces los arrepentimientos sean tardíos e ineficaces. Sánchez no es Suárez, ni el PSOE es UCD, ni España 2019 es la España 1975 de las pesetas y los duros.

El problema de España no es la democracia, sino la falta de bienestar por un desarrollo bajo. Hacer campaña con banderas de presupuesto asistencialista podría ganar votos, pero no le daría a España una salida a corto plazo en materia de modelo de desarrollo productivo y distributivo. Ya se ve en promesas que implicarían reajuste presupuestal, aumento de circulante o mayor impuestos para darles a unos a costa de otros. La mejor política fiscal es la que deriva del aumento de la producción-recaudación, no la que amenaza quitarles a unos para dárselos a otros.

La crisis económica del 2008 se encaró con un ajuste controlado y diez largos años de crecimiento abajo de las necesidades. La globalización ha implicado mayor apertura de fronteras comerciales y menor integración de cadenas productivas a escala. Los gobiernos han abandonado la educación, la ciencia, la tecnología, las facilidades para la producción, la reconversión industrial. La mano de obra se prepara sin protección para la robotización.

Cuando regresó Perón avejentado al poder, le preguntaron a Borges qué esperar del peronismo. Y su respuesta, lacónica, fue: “nostalgia”. En medio de la crisis actual, parece que España ve al pasado de la transición con nostalgia.

indicadorpolitico.mx

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