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El tratado entre nazis y soviéticos que «condenó a media Europa a décadas de miseria”

By on 24 agosto, 2019

Joachim von Ribbentrop (izq.), Stalin y Viacheslav Mólotov (primero a la der.) durante la firma del acuerdo el 23 de agosto de 1939.

En la noche del 23 de agosto de 1939, Alemania y la Unión Soviética echaron a suertes el destino de Europa.

Joachim von Ribbentrop, el ministro de Exteriores de Hitler, había llegado a Moscú ese mismo día a bordo de un Cóndor trimotor.

Un ayudante del gobierno soviético lo recogió en el aeropuerto y lo llevó al interior de las murallas del Kremlin.

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Luego de saludar cordialmente a Stalin, se dirigió a una de las oficinas encortinadas del tiempo de los zares, donde lo esperaba su par soviético, Viacheslav Molotov.

Antes de posar para una foto que pasó a la historia, firmaron un «tratado de no agresión» en el que, a la luz pública, se comprometían a consultas mutuas, estrechar vínculos económicos y ofrecerse ayuda y tratos preferenciales.

Y, en secreto, a invadir y a repartirse gran parte de Europa oriental.

Nadie entendió aquella noche que marcó la historia del mundo. Berlín y Moscú eran por entonces enemigos jurados y muchos se preguntaban cómo pudieron llegar a tal acuerdo: cómo las banderas nazis pudieron ondear ese día en bienvenida a Ribbentrop sobre el cielo comunista de Moscú.

Alemania invadió Polonia el 1 de septiembre de 1939 y la URSS dos semanas más tarde.

Ocho días después, los fuerzas relámpago de la Wehrmacht cruzaron las débiles fronteras de Polonia y, dos semanas más tarde, se sumaron los tanques del Ejército Rojo por el flanco del oriente.

Fue entonces cuando muchos vieron aquella reunión de agosto como un preludio de la tragedia sin nombre que comenzaba a sobrevolar Europa: la II Guerra Mundial.  Faltaban aún 50 años para que el Kremlin reconociera los entresijos de un pacto que llenaría de vergüenza la memoria histórica de Rusia.

Una cadena de manos

El 23 de agosto de 1989, medio siglo después de que Herr von Ribbentrop y el camarada Mólotov se reunieran en Moscú, una cadena humana cruzó tres «repúblicas socialistas» para reclamar cambios.

Estonia, Lituania y Letonia se unieron mano a mano por casi 700 kilómetros en lo que muchos vieron como el principio del fin de la Unión Soviética. Los manifestantes que protestan desde hace semanas en Hong Kong, por ejemplo, imitaron esta forma de protesta el viernes.

Como parte de las políticas de la glásnot -o transparencia- que había promovido Mijaíl Gorbachov, el Kremlin confirmó por primera vez que el «tratado de no agresión» incluía una cláusula secreta en la que Moscú y Berlín se repartían los países bálticos, Rumanía y Polonia.

La llamada Cadena Báltica se formó desde la capital de Estonia hasta Lituania.

Según la grabación de las conversaciones que se conservaron, aquel encuentro de 1939 duró unas tres horas.

Durante todo el tiempo, Ribbentrop se mostró asertivo hacia las demandas de Stalin.

Casi la mitad de Polonia, Finlandia, Estonia, Letonia, la región de Besarabia (que incluía Moldavia y parte de Ucrania) entrarían en la «esfera de influencia» soviética.

También una parte de Lituania, que la URSS posteriormente intercambió por un pedazo de Polonia. Después de firmar los documentos, se celebró un banquete que duró hasta las 5:00 de la madrugada.

Tras la firma del tratado, Stalin invitó a Ribbentrop a un banquete en el que brindó por la salud de Hitler. Stalin propuso el primer brindis por la salud de Hitler.

«Sé cómo los alemanes aman a su Führer», cuentan los historiadores que dijo en ese momento.

Los alemanes exclamaron: «¡Heil!» y Ribbentrop, inmediatamente, ofreció un trago por la salud de Stalin.

Luego brindaron por todos los presentes, por el pacto, por la amistad eterna y por el pueblo alemán, aunque por algún motivo, las copas no chocaron por el pueblo soviético.

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Ante la insistencia de Stalin, la referencia a la «amistad» entre los dos países se eliminó del preámbulo del tratado de no agresión, aunque el término se recuperó a finales de septiembre cuando Ribbentrop volvió a Moscú y firmaron un nuevo «Tratado de Amistad y Frontera».

Ahora, 80 años después, los originales de esos documentos se pueden contemplar en una exposición en Moscú.

El descubrimiento

Las cláusulas secretas del tratado fueron durante un par de años uno de los secretos mejor guardados, pese a las crecientes hostilidades entre soviéticos y alemanes.

Por algún motivo, los documentos que daban pruebas de su firma sobrevivieron a la quema de documentos nazis que sucedió a la toma de Berlín.

Y así, cuando los soldados británicos tomaron el edificio oscuro del Tercer Reich en 1945, encontraron papeles alusivos al tratado entre Stalin y Hitler.

El tratado contaba con una cláusula secreta en la que la URSS y Alemania se repartían Europa Oriental.

Sin embargo, la Unión Soviética negó por medio siglo su existencia: alegaron que las tropas aliadas habían falsificado los documentos para desprestigiar el rol del Ejército Rojo en la Segunda Guerra.

Pero desde que Gorbachov desclasificó los originales tras la masiva protesta de 1989 en los países del Báltico, el tratado pasó a ser una mancha en la conciencia histórica de Rusia.

Hasta que llegó al poder Vladimir Putin en 1999.

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Desde entonces, el gobierno ruso ha tratado de justificar la actuación de Stalin al firmar el acuerdo asegurando que se debió a una necesidad de proteger a Rusia.

De hecho, ya en 2005, Putin comparó al Ribbentrop-Molotov con el acuerdo de Múnich (el pacto entre Alemania, Italia, Francia y Reino Unido con el objeto de poner fin al conflicto germano-checoslovaco) y acusó a los países bálticos de atacar a Rusia «para cubrir la vergüenza del colaboracionismo».

Según el servicio ruso de la BBC, desde entonces es frecuente encontrar en Rusia nuevos libros de historia que defienden el tratado como una «decisión estratégica y oportuna».

Hace un par de años, el Ministerio de Cultura ruso calificó el tratado como «un gran logro de la diplomacia soviética» y este año, con motivo del 80 aniversario, la cancillería lanzó una campaña que busca mostrar lo que, en su criterio, es «la verdad sobre la II Guerra Mundial».

Desde la llegada al poder de Putin, el Kremlin ha tratado de rescatar el papel de la URSS en la II Guerra Mundial.

Como parte de las celebraciones, el original del acuerdo se exhibe estos días en el Archivo Estatal Ruso.

En la apertura de la exposición el mes pasado, el ministro ruso de Exteriores, Sergei Lavrov, aseveró que la URSS tuvo que «salvaguardar su propia seguridad nacional» luego de que los países europeos tomaran «decisiones miopes» para apaciguar a Hitler.

«Calculando ingenuamente que la guerra no los tocaría, las potencias occidentales jugaron un doble juego. Intentaron dirigir la agresión de Hitler hacia el este.

En esas condiciones, la URSS tuvo que salvaguardar su propia seguridad nacional por sí misma», dijo. La exhibición y las declaraciones de Lavrov generaron airadas protestas en los países que fueron anexados y divididos bajo el pacto.

El ministro ruso de Exteriores, Sergei Lavrov, acusó a las potencias occidentales de jugar «un doble juego» frente a Hitler.

 En un comunicado conjunto, los gobiernos de Estonia, Letonia, Lituania, Polonia y Rumania consideraron este viernes que el tratado «condenó a media Europa a décadas de miseria» y recordaron a las personas que perdieron la vida bajo los influjos del totalitarismo.

«Es por eso que en este día (…) recordamos a todos aquellos cuyas muertes y vidas rotas fueron consecuencia de los crímenes perpetrados bajo la ideología del nazismo y el estalinismo», señala el texto.

Para muchos historiadores, la firma de este tratado abrió las puertas al peor conflicto armado que ha sufrido la especie humana: la Segunda Guerra Mundial.

Sin embargo, el Tratado Molotov-Ribbentrop duró poco.

El 22 de junio de 1941 las promesas de respeto y ayuda mutua se fueron a pique cuando una Alemania fortalecida fue a la conquista del país más grande del mundo.

Así, los acuerdos pasaron al olvido mientras Rusia iniciaba su contraofensiva: la defensa de sus frentes ante la temida Operación Barbarroja.

Pero sus efectos quedaron por casi medio siglo: los países bálticos, Polonia, Ucrania y Rumania estarían destinados a caer bajo la égida soviética una vez terminada la guerra.

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