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¡Qué historia más triste!: Dolorosa expresión en uno de los monumentos de la crónica del asesinato de Colosio

By on 23 mayo, 2019

Esta fue la expresión que, acompañada por un suspiro, hizo mi esposa en uno de los momentos que siguieron a la crónica del asesinato de Luis Donaldo Colosio, en donde se mostraron escenas de la encantadora Diana Laura y de los hermosos niños que se quedaron sin ambos padres en menos de un año. Se trataba de la nueva serie de Netflix, intitulada “1994” y cuyos cinco capítulos vimos sin interrupciones la tarde del domingo.
Habíamos estado conviviendo el sábado con varias parejas de amigos entrañables, y en el transcurso de la convivencia, conversamos acerca de la serie relativa a la muerte de Colosio que ya comentamos hace algunas semanas en este espacio, destacando el hecho (que a todos había llamado la atención) de que había despertado el interés de los jóvenes cercanos a nosotros, que en 1994 tenían entre 15 y 20 años.
Yo comenté sobre las peticiones que recibí al publicar en aquella colaboración la experiencia vivida con Luis Donaldo unas horas antes de su asesinato, solicitándome abundar en futuras columnas sobre esos hechos, de manera que el gran público pudiera entender mejor lo sucedido.
Seguramente, Netflix (y probablemente los buenos reflejos políticos de Carlos Salinas) percibieron también ese gran interés por conocer los hechos relacionados con ese año en que, definitivamente, se “desacomodó”, quizás para siempre, la política y la aparente armonía social en nuestro país. Ese año manchado de sangre, de levantamientos indígenas, de oportunismos y revanchas políticas y de una profunda crisis económica. Y parecería que, por eso, promovió (o aceptó) lanzar una nueva serie, más parecida a un documental, en la que se presentan interesantes testimonios, información, interrogatorios y escenas inéditas sobre los hechos que marcaron ese aciago año.
En forma menos novelada, que la de aquella primera serie, presenta nuevos puntos de vista sobre todo aquello que me tocó vivir tan cercanamente. Y de manera más que pertinente, al tema del magnicidio agrega el asesinato de José Francisco Ruiz Massieu y el alzamiento indígena zapatista, encabezado por el taquillero Subcomandante Marcos. El cual sirvió de escenario al ambicioso Manuel Camacho para promover, con la tolerancia del presidente de la república, su posible candidatura en sustitución de la de Luis Donaldo. Prácticamente, otra campaña alterna que recibió, para disgusto de Colosio, gran atención nacional e internacional.
Aún cuando, ciertamente, desvela aspectos importantes para entender o al menos conocer mejor estos acontecimientos, también es verdad que deja muchas preguntas flotando en el ambiente que quizás darían para varias series más. Por ejemplo, la forma en que Camacho Solís avanza tan eficazmente en la solución de un problema, sugiriendo al parecer, que éste hubiera conocido muy bien desde antes. Sospecha que se fortalece con el descubrimiento que hicimos en la Ciudad de México sobre ligas tan claras entre el movimiento zapatista y el sindicato de la empresa de transporte de la capital, llamada Ruta 100, al promover la quiebra de este último.
Otro aspecto para destacar es el relativo a la designación de Ernesto Zedillo como el nuevo candidato del PRI, en sustitución de Luis Donaldo. Al respecto, viene a cuento una anécdota que me tocó vivir precisamente el día del “destape” de Colosio. Yo, que era partidario declarado de Pedro Aspe para la sucesión presidencial, había festejado mi cumpleaños el día anterior en Valle de Bravo, en un lugar sin otra comunicación que la que se lograba a través de un teléfono rural que ese día no funcionó correctamente.
Así las cosas, no me enteré oportunamente de la decisión que no favorecía a mi jefe, sino a Luis Donaldo. De inmediato, me di a la tarea de buscar a Pedro para expresarle mi solidaridad, lo que no conseguí. Pero en el proceso de buscarlo, la indiscreción de la esposa de un ex compañero, me hizo saber que ya se encontraban festejando la designación Guillermo Ortiz, José Córdoba y, precisamente, Ernesto Zedillo. No me sorprendió nada entonces verlo aparecer días después como el coordinador de la campaña.
Para los colosistas tradicionales, ciertamente Ernesto Zedillo resultaba, por lo menos, un personaje incómodo, por lo que constantemente hacían correr la versión de que el candidato preparaba ya su remoción. Sin embargo, me consta la cercanía y el aprecio que Luis Donaldo sentía por Ernesto, especialmente por su capacidad para entender, mejor que la mayoría de los priistas tradicionales, la nueva forma que la gente reclamaba para el ejercicio de la política. Ello, lo sabía Donaldo, iba a ser muy útil en la campaña. Precisamente por ese afecto, llama tanto la atención escuchar que Zedillo no haya asistido al velorio de Diana Laura, aunque, conociendo ahora su peculiar sentido de la amistad y la lealtad, a mí no me sorprende.
Esa incomodidad también alcanzaba a muchos priistas, acostumbrados a formas de ejercicio político que no solo disgustaban a Zedillo, sino que hasta despreciaba. Esta diferencia en el modo de concebir a la política se hizo manifiesta ante su propuesta de la “sana distancia” que promovería un partido crítico, propositivo e independiente en cierta medida del poder presidencial, planteamiento que levantó ámpula y generó reacciones negativas que complicaron el ambiente para la campaña. Una propuesta que proponía, nada menos que, corregir la “malformación genética” del PRI, que quería mantener a toda costa el cordón umbilical que lo unía al gobierno. Y curiosamente, una iniciativa que se quedó solo en eso, pues difícilmente se puede encontrar un caso de un presidente que haya intervenido tanto en las decisiones del partido. Entorno más que complejo para una campaña, en el que Zedillo (y quienes le acompañábamos) capitalizamos el temor de la sociedad ante todos esos desacomodos vividos, logrando una victoria contundente. Muy eficaz resultó aquella campaña con el lema de “Yo voto por la paz” que le dió a Zedillo más de la mitad de los votos emitidos, muchos de ellos, producto del miedo.
Cualquier observador, medianamente acucioso, coincidirá conmigo en que, con estas series, apenas se escribe una parte de una historia que deberá seguir revelándose y con ello, los intereses que aún permanecen encubiertos, como respuesta a las preguntas que quedan en el aire.
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