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1,2,3… tomada por mí

By on 27 abril, 2019

Sin recordar con claridad todos los sucesos de nuestra niñez somos el resultado de ellos. Algunos impuestos y otros, los menos pero más sustanciosos, armados en nuestra imaginación. Estos últimos le quitaban lo plano a la corta vida.
Llegamos a la luna en un brinco, hicimos historias con las nubes y nos teletransportamos hasta donde quisimos.
Cuando el niño toma el camino escolar también le cae su primera responsabilidad: ser niño. Esa misión la va edificando con legos de colores, día a día y de esa manera se va integrando a un entorno social del cual tendrá que hacerse cargo solo él y para siempre. Fácil no es.
No sé cómo le hacen, pero tienen leones de plástico que sí rugen, soldaditos de cobre que sí marchan y trenes de madera que curiosamente funcionan quemando carbón. Por las noches, se escurren como duendes insomnes a invadir tu cama y con un buen berrinche logran hasta las estrellas.
Les espera un largo camino de variados apodos. ¿Quién no tuvo un amigo en su infancia que le decían el abuelo, el cepillo, el conejo, el memin o el marciano?
Además, asignados con tino de apache: si parecía abuelo, cepillo, conejo, a memin o marciano y sin enojo, pero con una buena dosis de resignación esos apodos nos lo colgamos como gafete al grado de atesorarlos por muchos años: Doctor Cepillo,
Ingeniero Conejo, Licenciado Memin, Arquitecto Marciano. Quedaron, en muchos casos, tatuados como testigos de la infancia.
Sus héroes, fieles cómplices y compañeros, los inspiran para tener tardes muy activas en la lucha contra el mal. Vuelan, bucean, pelean, caen y hay quien hasta rebota; se queman, mueren y reviven, pero siempre salen victoriosos gracias
a sus super poderes que se extinguen con el llamado a cenar. Un par de objetos eran suficientes para tener una portería.
En el proceso tienen que pasar muchos obstáculos: cargar su lonchera, llegar al final del día con la ropa limpia; usar suéter cuando la Mamá tenga frío; soportar los cachetes hinchados y rojos por los pellizcos y el labial de la tía; hacer la tarea; terminar la sopa de verdura y comer capirotada de la abuela. El desquite siempre llegaba y sin razonarlo en la próxima piñata.
Son únicos, curiosos e inquietos y en ocasiones insoportables, pero esos locos bajitos, dice Serrat, siguen siendo mis héroes. Como no van a serlo si vienen desde Paris en cigüeña.

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