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Por el amor de Dios… ya aplácate!

By on 18 abril, 2019

Te va a castigar Dios. Condena que en la infancia paraba en seco lo que tenías planeado y no se permitía. Ese era el riesgo: que te castigara Dios.
Nunca te esperabas un diploma del diablo por tus travesuras, pero el castigo de Dios siempre se hacía presente poco antes de los episodios más interesantes de la niñez. Al diablo lo teníamos como etiqueta de lo malo. La paleta que se caía al suelo no se contaminaba, no, ya la chupo el diablo y ni modo. Mendigo Satanás, ha de estar bien obeso, pensaba.
Por el amor a Dios, ya aplácate. No sé quién les daba a los adultos la autorización de disponer con ese descaro del amor de Dios para aplacarnos. Además que lo subjetivo de la orden era poco comprensible y por consiguiente le restaba cualquier peso de amenaza. Con la mirada de los adultos era más que suficiente para dejarnos como maniquí de aparador al menos por los siguientes dos o a lo mucho, cinco minutos.
Si Dios quiere. Sutil herramienta para negarnos ese regalo o permiso tan anhelado.
Eres como el mismísimo diablo. Esa si calaba hasta los huesos.
Dios y el diablo, lo bueno y lo malo. Así lo entendí ya después y de esa manera le empecé a encontrar sentido a la existencia de las religiones basándose en esa marcada y opcional dualidad para nosotros los mortales. Se agradece, desde luego, la disponibilidad de elección.
Nos hicieron creer que toda acción al margen de lo permitido en la religión caía dentro de los terrenos del diablo y de rebote debe existir una reprimenda.
Nos decían que Dios tiene a la mano un decálogo de pecados que tenemos que respetar para no acabar en el asador del diablo. Confrontación segura con las tentaciones. Por el contrario, como si no fueran del mismo bando, la iglesia siempre ha tenido como antídoto su propio catalogo arancelado de penitencias con las cuales se pueden derogar, por evento y en su momento, cada una de esas leyes. Todas ellas mediante una cuota de arrepentimiento consciente y comprometido.
Mis años pasaron entre Dios y el diablo. Tortura diaria. Todas las acciones deberían pasar primero por el filtro celestial. Milenaria lucha entre las dos potencias y uno en medio del fuego cruzado. Esos si son clásicos, los otros son solo simulacros. Parece ser que conforme avanza la humanidad el combate se torna más reñido y sucio con infiltrados en el equipo bueno sacerdotes del contrario. No hay que olvidar que el diablo fue el primero en anotar en los primeros minutos ese gol con una manzana, eso ya cuenta, motivo por el cuál Adán y Eva fueron expulsados del partido.
Mi Dios no castiga. Prefiero creer que es el que te pone el pie, el de la zancadilla; el que te impone pruebas a todo lo largo de tu existencia y que te orienta como resuelves la vida a base de tropiezos, tentaciones y dudas. Mi Dios no usa ningún flagelo como herramienta para el arrepentimiento. El mío, porque todos tenemos un Dios particular, se sale de la iglesia y anda buscando incansablemente en donde participar, en que beso instalarse, en donde provocar un abrazo y que lagrima hay que secar a manera de consuelo. Es el hombro que reconforta.
Está en la desinteresada acción de dar sin recibir. En los alimentos de la mesa y la bebida en el bar, en la plamada del amigo. Aparece también en forma de paisaje o en nota musical. Hierve en el amor de los enamorados y se escurre a escondidas en la inocencia de los niños. Está en la sal de mi mar y en el nacimiento de la extensión de tu sangre.
Mi Dios reparte por igual el sol todos los días por las mañanas, nos cobija en la noche con manto oscuro y nos recibe en su casa al término de nuestros años sin consultar ningún balance.

 

@barrerArq

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