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Puenting, la actividad de aventura en Tabasco que está causando sensación

By on 16 marzo, 2019

Este viaje es la pesadilla de todas las mamás que dicen: «si tus amigos se avientan de un puente, ¿tú también?»… Frente a mí, un hombre está a punto de lanzarse al vacío, por pura diversión. Los guías le dan instrucciones y lo sujetan por la cintura con un arnés. La cuerda hará que quede colgado unos cuantos metros por encima de la superficie del río Usumacinta, el más caudaloso de México.

Su proeza no es el stunt de ninguna película o la persecución de un Récord Guinness. Esta es una actividad «extrema» que todo turista valiente y que goce de buena salud puede realizar.

Se llama puenting y está disponible en Boca del Cerro, el puente vehicular que sirve de entrada al pueblo de Tenosique, en Tabasco.

Como su nombre sugiere, el puenting consiste en saltar desde un puente escénico y dejarte columpiar por la cuerda que te sostiene. En Boca del Cerro te arrojas a una altura de 35 metros.

Es muy parecido a un bungee, pero con una diferencia: la soga que se utiliza no es elástica, por lo que se balancea como un péndulo.

Cuando los guías terminan su cuenta regresiva, mi compañero se suelta de los barandales y cae a toda velocidad. El descenso dura apenas unos segundos, pero su estruendoso grito da a entender que la «misión» es más temeraria de lo que parece. Hasta yo puedo sentir el estómago revuelto, desde la seguridad del mirador donde lo observo, a un costado de la estructura.

La cuerda deja de moverse en un par de minutos. Desde arriba los guías la desenrollan poco a poco. Cuando la maniobra termina, una lancha ya está esperando a la persona para llevarla a tierra firme.

Paraíso secreto

El siguiente salto es el mío, pero la cobardía me vence. Cambiemos de tema: 10 minutos después, abordamos una lancha y seguimos el curso del río hacia el Área Natural Protegida Cañón del Usumacinta. Mientras nos adentramos a esta grieta, la naturaleza se apodera del paisaje: paredes de roca cubiertos por frondosos jardines verticales.

En medio de la selva se escuchan los estruendos de los monos aulladores. Los guías me cuentan que en este lugar habitan ocelotes, guacamayas rojas y hasta pumas.

Tardamos casi media hora en llegar al arroyo Santa Margarita que, en sus zonas menos profundas, refleja tonalidades esmeralda y turquesa. Para el turismo es prácticamente desconocido y, quienes llegan hasta aquí, encuentran un paraíso perfecto para nadar.

Antes de refrescarnos y dejarnos llevar por la corriente, hay que «rappelear», hasta alcanzar un pequeño tronco que atraviesa el arroyo.

Casi nadie se salva de resbalarse y embarrarse de lodo. Pero eso, en vez de dolor, provoca risas.

En medio del calor húmedo, el salto al agua fría es un verdadero alivio. Con la ayuda de un chaleco salvavidas, estamos listos para flotar y seguir el curso del arroyo.

El recorrido abarca apenas 300 metros, pero es como una terapia holística de spa. Solo echo la cabeza hacia atrás, me dejo llevar y disfruto del paseo en el agua.

Santa Margarita se une con el río Usumacinta. El agua del primero es refrescante, pero la del segundo me deja helada. Es hora de salirse.

No hay que dejarse engañar por el color café del Usumacinta. No está sucio; adquiere ese tono por la enorme cantidad de tierra que lleva. Es muy peligroso nadar en él. «Una corriente podría sumergirte y sacarte hasta 100 metros más adelante», advierte el guía.

Anfitriones nocturnos

Las paredes que rodean al cañón del Usumacinta muestran pequeñas cavernas, casi imperceptibles para quienes vamos por primera vez. La «cueva del tigre» es nuestra última parada.

Aunque todavía no anochece, en el interior de la cueva no se ve absolutamente nada. Antes de encender una linterna, nos piden que no tomemos fotos con flash ni hagamos demasiado ruido. En cuanto nuestro refugio se ilumina, lo que veo me produce un «microinfarto»: cientos de murciélagos formando una gran mancha negra en el techo.

Estar aquí no implica ningún riesgo. Sin embargo, cada vez que uno de ellos emprende el vuelo, algunos integrantes del grupo nos agachamos por impulso. Los guías, solo se ríen.

Estas experiencias son un poderoso recordatorio de que nuestro país está lleno de lugares fascinantes, aun cuando no sean populares.

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