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Sorrento y el limoncello

By on 15 marzo, 2019

Una franja de tierra que se extiende hacia Capri el Mediterráneo, al sur del golfo de Nápoles. Una sucesión de acantilados que se precipitan en el mar y de pequeñas bahías solitarias que se asoman a un mar azul lleno de belleza. Así es la costa sorrentina, una costa abrupta en la que destacan las terrazas naturales escalonadas hacia el mar en las que se cultivan naranjos, vides, olivos y sobre todo limones que, en primavera, desprenden un embriagador perfume de flores y con cuyos frutos se elabora el famoso limoncello.

El hombre se ha sentido siempre fascinado por este lugar, desde la Antigüedad: los griegos pensaban que este mar estaba habitado por sirenas (según la leyenda, la antigua Surrentum nace en un lugar sagrado de culto de estas criaturas); los romanos construyeron aquí espléndidas villas, calles, terrazas y baños termales, de los cuales hoy se pueden admirar los restos, especialmente en Sorrento. Habitada también en época medieval a pesar de las incursiones de sarracenos, en el siglo XIX, junto a la cercana costa amalfitana, la costa de Sorrento fue una de los destinos predilectos del Grand Tour.

Lo que hay que ver
Sant’Agnello con sus maravillosas villas, Meta y su basílica de Santa María del Lauro, Sorrento con sus cítricos y su casco antiguo o Massa Lubrense, punto extremo de la península, son algunos de los lugares que se asoman a esta parte del Tirreno.
Un pequeño paraíso natural que sigue ofreciendo hoy como ayer uno de los panoramas más intensos de la región, gracias a una vegetación exuberante y un mar lleno de tonos de azul.
La ciudad más importante de la península es Sorrento, surgida en una llanura de toba volcánica que se asoma al mar.
El casco histórico, rodeado en parte por una muralla del siglo XVI, se presenta con calles que muestran el trazado del antiguo municipio romano. Hay que visitar el Sedile Dominova, antigua logia del siglo XV de los nobles de Sorrento y el Museo Correale. Son interesantes también la Catedral, con la fachada neogótica, la Basílica de San Antonio (siglo XVI) y la iglesia de San Francisco de Asís, con un pequeño claustro del siglo XIV. La belleza del lugar y el clima templado han hecho de la ciudad una de las más importantes metas turísticas de la región.
No hay que perderse el Vico Equense, con las necrópolis, el antiguo burgo de Equa y la espectacular iglesia de la Santísima Anunciada, en la cima del alto promontorio junto al mar.

Lo que hay que hacer
A los amantes de las compras se les aconseja dar una vuelta por el centro, entre palacios del siglo XVIII y tiendas que exponen los bellos trabajos de taracea típicos de la artesanía local.
Los aficionados a la naturaleza no querrán perderse una excursión a las cercanas zonas naturales de Bahía de Ieranto y de Punta Campanella.
El primer sábado de cada mes, en Piano di Sorrento tiene lugar el “Mercadillo de los recuerdos”. Una oportunidad para sumergirse en el pasado visitando los puestos que exponen objetos de antigüedades y curiosidades del pasado.

Lo que no hay que perderse: el limoncello
Entre las tradiciones que se pasan de generación en generación en estas tierras, destaca la antigua receta del limoncello, licor que se obtiene de la maceración de la cáscara de limón en alcohol y que hay que probar cuando se visita la península sorrentina.
En la actualidad se encuentra en toda Italia , produciéndose en las zonas donde abundan los cítricos, pero el auténtico limoncello sigue siendo el que se obtiene a partir de los limones de Sorrento, de toda la península sorrentina y de Capri. No se trata de un limón cualquiera, sino de un limón grande y oloroso cultivado de modo “biológico” y sin ayuda de abonos.
La graduación del limoncello es de 30-35° y el color es entre amarillo y verde pálido, dependiendo de la maduración de los limones; va servido muy frío al final de la comida. Tampoco hay que perderse el provolone del Monaco DOP (Denominación de Origen Protegida), la mozzarella de bufala campana DOP y muchos otros productos típicos de la zona.

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