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Desconfianzas y absurdos

By on 26 enero, 2019

“La pobreza extrema crece en muchas partes del mundo”.

Hemos de reconocerlo. Somos una ciudadanía desmoralizada y perdida, sin apenas criterio, pues los grandes dominadores, (el poder de la violencia, el poder de la riqueza, el poder del conocimiento, el poder político, el poder de los medios de comunicación…), son los que ciertamente manipulan nuestros sueños. Sin embargo, en una tierra bastante dolorida por el absurdo, hay algo que nos enaltece y esperanza, lo que podemos hacer por los demás. Pero la situación es la que es, y no debemos engañarnos. Hay una degradación de lo humano que produce realmente dolor, generando una atmósfera de contradicciones que nos desbordan y nos impiden avanzar como seres pensantes. Cuesta creerlo, pero la realidad es verdaderamente cruel para muchas personas.
Cuando todo el mundo habla de políticas públicas complementarias de protección social e inclusión laboral, redistributivas en materias de ingreso, resulta que nada más lejos de los hechos. La pobreza extrema crece en muchas partes del mundo. ¿Qué es lo que está fallando? Quizás nuestras propias miserias humanas, que son tanto materiales, por esa falta de desprendimiento y auxilio, como morales, al convertirnos en auténticos esclavos del vicio y la sinrazón. Asimismo, en ese mundo privilegiado, jamás saciado y adueñado del planeta, aumenta la desigualdad, sin tener en cuenta ese espíritu solidario de vida compartida, por la que somos más felices y más humanos. Participar y repartir, sin duda, es nuestra gran asignatura pendiente.
Sea como fuere, todos estamos un poco en guardia, en desconfianza y alimentándonos de absurdos, que lo único que aviva es la fragmentación de la familia humana, la indiferencia entre análogos, y la hostilidad entre semejantes. Muchas veces vivimos en una pura falsedad, encerrados en nosotros mismos y en nuestros propios bienes, lo que dificulta poder avanzar hacia un humanismo más entregado a los homólogos. Así no se puede rescatar a nadie. Bien es verdad que estamos obligados a convivir, pero igualmente en ese vivir juntos, nos debe hacer cambiar de modos de movernos y coexistir, más congruentes, ese innato llamamiento a un destino común colectivo. En consecuencia, es hora de relanzar otro espíritu más universal y profundo, en el que todos podamos sentirnos útiles y hermanados. Debemos saber que nada se consigue por sí mismo, por muchos talentos que aglutinemos, las cosas llegan siempre con tesón, persistencia y agrupados. En ocasiones, olvidamos que vivir significa necesariamente luchar, acogerse y reunirse, valerse y volcarse en favor de los más débiles.
Por eso es importante, que el desengaño no se adueñe de nosotros, es una señal más de debilidad. La vida exige coraje, entusiasmo, apasionamiento en suma. No podemos seguir en el absurdo del vacío, de la inmovilidad, frente a tantos retrocesos inhumanos que nos injertamos frecuentemente. Nuestras economías cada vez más globalizadas necesitan de cooperaciones conjuntas, por ejemplo, para combatir el cambio climático, proteger el medio ambiente o mejorar la salud pública. El que la Organización Internacional del Trabajo (OIT), la Unión Europea (UE) en el marco del instrumento de Asociación, y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), se hayan asociado recientemente para favorecer un suministro responsable, lo que hace es fortalecer y concienciar ese espíritu sostenible e inclusivo, estimulador del bien colectivo. Ojalá se extiendan modelos así. Esta es la línea responsable a seguir, en la medida que ayuda a crear entornos más humanos, que favorezcan la gestión solidaria y el diálogo.
En cualquier caso, y dado que las tensiones comerciales entre las economías más grandes del mundo afectan la confianza y el impulso económico, deberíamos aminorar tiranteces, al menos para que el bienestar mundial no sufra más regresiones. De igual modo, los líderes políticos han de cooperar mucho más y no debilitar esa respuesta colectiva a los desafíos globales. Por tanto, hoy más que nunca es preciso ampliar los espacios del bien común; de ahí, la transcendencia de educar a todos para que se sientan parte de la comunidad humana. Por consiguiente, menos nacionalismos endiosados, imbuidos por muros y fronteras, y más perspectivas universalistas; es lo que pido. Dicho lo cual, se me ocurre pensar, en hacer valer un programa de pensamiento mundial, basado en una acción, que no es otra que la construcción de un porvenir en el que la dignidad de la persona, unido a ese vínculo de hermanamiento humanístico, sean los recursos globales a los que cada ser humano pueda recurrir.

 

 

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