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Reflexiones junto a mi tumba…Mi Ofrenda

By on 26 diciembre, 2018

Hace muchas semanas escribí una columna en la que reflexionaba sobre aquello que vale la pena pensar y repensar al sentarse en aquella banca, ante la que será mi última morada. Pedí la comprensión de mis lectores para volver sobre estos temas, un tanto personales o íntimos, de cuando en cuando. Hoy acudo a sus ojos generosos que me leen, para hacerlo nuevamente.

En estos tiempos de noche buena y navidad, de reflexión, de repaso y de planes, me refiero a lo que me gustaría que fuera mi ofrenda, a la usanza de nuestros antepasados, en ese intento de no viajar solo al inframundo, sino de hacerlo, en buena compañía: la de aquello que más haya significado.

Con este texto, dejo también a cada uno de mis pacientes lectores, un buen deseo, para que la vida transcurra entre alegrías que hagan más llevaderas las inevitables penas. Dejo también mi infinita gratitud por darme el privilegio de entrar constantemente a sus mentes y a su corazón.

Mi ofrenda

Aquí, a mi lado, la cruz.

Levantada en otros tiempos, tiempos de fe.

Fuerte, como para permanecer para siempre y permitir el paso del viento, la fuerza de la lluvia y el susurro de los árboles.

Mas fuerte que sus compañeros de morada.

Tan fuerte que no se puede mecer como ellos.

Hoy La miro, constantemente, más que ayer. ¿Me llama?

Morada de los restos de mi madre, mi alma gemela…

de mi suegro, mi otro padre y de la sobrina Poly, un precoz y temprano dolor.

La contemplo para enamorarme de ella,

pues, si algo es verdaderamente fatal, es que ahí llegaré.

Veo los libros que muestran las tumbas de mis antepasados lejanos,

y veo ofrendas.

Ofrendas y huesos…cansados ambos.

Y pienso hoy,en la que será mi ofrenda, con la que me iré para siempre.

Quiero llevarme mis secretos, la voz de mis padres, la caricia sonriente de mi abuelo, los cuidados de las nanas y los juegos y amor de mis 7 hermanos.

Y la permanente compañía de mi madre.

El ejemplo de mi padre honesto.

Quiero llevarme un ejemplar de mi mea culpa.

Aquel en el que, un día, finalmente, reconozca que hubo ocasiones en las que me deje llevar por la corriente.

Y que opte por caminar, junto a aquellos que no son como yo.

Quiero llevarme la satisfacción de desprenderme de ello…y de ellos.

Quiero llevar conmigo cada momento sabroso, de esos que hicieron día a día mi vida.

Y quiero ahí, a mi lado, la solidaridad incondicional de mi querida Gorda.

Y su amoroso perdón.

No solamente su comprensión, ni el olvido, sino su perdón.

Quiero ahí, conmigo, una foto de los cuatro, aquella que los muestre como son:

sencillos, generosos, sonrientes, inquietos, solidarios, divertidos, cariñosos.

Quiero llevarme la satisfacción de haber caminado con ellos hasta donde mi respiro lo permita. Me quiero llevar sus besos y sus abrazos.

Los de la fiesta y los de la cárcel.

Me quiero llevar lo aprendido en el calabozo, en la soledad y en el desconsuelo.

…Y lo bailado.

Quiero llevar conmigo La Paz de mi bosque y cada uno de los pasos que di en él.

Quiero llevar conmigo la noble belleza de mi caballo.

Y si se pudiera, mi sonrisa, que resistió la desesperanza y venció a la adversidad.

Quiero que, en medio de la ofrenda, se encuentre la emoción de cargar por vez primera a mis nietos.

Y cada uno de los sentimientos que me produce mirar su fotografía.

Y esa imagen en que reposan en mi pecho serenos y confiados…tranquilos y seguros…invencibles.

Habré de comprar una caja de colores, de Olinalá, para llevar ahí cada uno de mis sueños.

Y si se me permite, cada noche tomare uno y lo volveré a vivir…

y construir, así, la historia que me dé la gana.

Sin ninguna lógica ni razón.

Como suelo hacerlo, sumido en la paz y penumbra de la noche.

Quiero llevar conmigo, igual mis penas, que mis alegrías…y mis lágrimas, las de la soledad y el abandono, junto con las de la emoción y la alegría.

Las del tiempo último de la vida también: las de la tercera edad.

Pienso hoy en mi ofrenda, en la que no pensé antes.

La escribo y describo…y la comparto.

Ahora que aún hay tiempo, antes de que un día, me sorprenda el último aliento.

Sin prisas, pero sin indiferencia.

Sin prisas, pero sin pereza.

Quiero llevar conmigo, lo mismo el peso de la solemnidad que la ligereza de la trivia.

Y lo que me quede de frivolidad.

No séde las restricciones impuestas al equipaje para este viaje novedoso, sin escalas, a lo desconocido.

No sé si quepa todo en esa angustiada morada de cenizas, de oscuridad, de frío y de insectos.

Pero si también cupiera, quisiera llevar conmigo el sentido del humor, que parece hacerlo todo más fácil.

Ahí estaré, con quienes se me adelantaron y en espera de quienes vendrán…de cuando en cuando…a llorar o reír conmigo, en la intimidad de nuestro paraíso.

Vendrán por una caricia…quizás buscarán consejo.

Se irán siempre con un beso y con lo mejor que les pueda traer mi recuerdo.

Quizás solo irán para cerrar los ojos e imaginarme con mi ofrenda que también es la suya…la que hicimos juntos…la que seguiremos haciendo.

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