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Un caminante sin amor es como un río sin agua

By on 21 octubre, 2017

Desde que Machado dijese aquello de: “caminanteno hay camino, se hace camino al andar”; multi tud de seres humanos solemos evocarlo, no así viviéndolo, con la asiduidad que hemos de hacerlo. La situación es bien palpable, a poco que nos miremos y veamos.

 El hambre de amor es debido, precisamente, a ese espíritu que únicamente lo injerta la lengua del alma. Buceamos por los exteriores, pero sin adentrarnos en las causas y motivos por las que suceden las cosas. Somos gente de palabra fácil, aunque  el compromiso fiel lo solemos dejar en el tintero.

Las últimas estadísticas nos dicen, que más de veinticuatro millones de personas en todo el mundo, se ven desplazadas a causa de los desastres.

En realidad todos somos transeúntes, es por eso que tenemos que trabajar con más amor, cuando menos para sentirnos acompañados y acompasados, todos con todos.

Esta debe ser la primera lección que hemos de aprender. Necesitamos el aliento cooperante y coordinado para que nadie se sienta sin hogar. El cauce de un río siempre necesita el agua para seguir siendo cauce. No lo olvidemos.

Por tanto, tan importante como redoblar los esfuerzos en asegurar mejores condiciones de vida, será también la de movernos corazón a corazón. El éxito de la humanidad no viene de unas políticas aplicadas, sino de esos pulsos conciliadores en los que ningún andar se queda en la zanja.

Naciones Unidas de manera continua suele llamarnos para fortalecer esa respuesta humanitaria, porque imperecederamente hemos de hacer camino y hemos de estar en ese andar de auxilio permanente. Chile es uno de los últimos países en recibir refugiados sirios. Treinta y dos niños, dieciséis mujeres y dieciocho hombres llegaron hace pocos días desde Líbano, en el marco del Programa de Reasentamiento de Refugiados, liderado por el gobierno con el apoyo de la agencia de la ONU para este menester. Verdaderamente, cuando se producen estos escenarios, de extender una mano solidaria, como fue el caso de la sociedad chilena, uno no puede por menos que esperanzarse y crecer como ser humano, poniéndolos de referente y como referencia. Ojalá prosiga este ejemplo y dejemos de ser piedras en el camino.

El amor cuando es de verdad todo lo resuelve. Bien lo sabemos, pues pongámoslo en práctica. Hay que volver a las entrañas de uno mismo y ver que los moradores tenemos que cambiar.

No podemos seguir en este escándalo moral en la que millones de personas aún vivan en la extrema pobreza, máxime en una tierra caracterizada por un nivel sin precedentes de desarrollo económico, medios tecnológicos y recursos financieros.

La marginalidad de algunas gentes debemos dejar de observarla exclusivamente como una falta de ingresos. Se trata de ver el fondo de la cuestión. Mientras unos lo tienen todo, otros no tienen nada. Sin duda, la indigencia es más un problema de alma que de cuerpo, si quieren de derechos humanos, pero siempre de ausencia de amor hacia el otro, hacia nuestro análogo en la senda del tiempo.

Por desgracia, vivimos en la necedad y en el engaño, en lo políticamente correcto como es el arte de agradar, en vez de descubrir la multitud de estafas indecentes y proponernos hacer justicia. Ya está bien de taparle el rostro a tanto rastro de mentiras para que parezcan verdad.

No se pueden disfrazar los horizontes. Tenemos lo que tenemos para transitar y no podemos seguir segando existencias porque sí. Volvamos al ser humano responsable, despojado de intereses mundanos, para acrecentar otros andares menos trepa y más solidarios, más en familia  y mucho más en comunidad.

Déjennos hablar de estos problemas. No levanten muros. Ni nos mantengan entretenidos con falsedades. Gobiernen los que han de gobernar pero con ética. No nos desorienten, ni nos mercantilicen, y lo que es peor, no nos enfrenten por favor. Pongan humildad y mucha ración de amor en todo aquello que predican, y si no lo hacen, porque no quieren o no pueden, ¡váyanse!, dejen el camino abierto a otros.

El planeta está llamado a ser un corazón, o si desean, una morada en la que se puedan cobijar todos los caminantes, sin distinción alguna. Llegado a este punto, yo siempre me digo, cuando al anochecer me invade el desaliento: retornemos a lo de siempre, a lo que no cuesta y cuesta la vida muchas veces, a la autenticidad del amor para poder superar las injusticias e incomprensiones.

Convencido de que sólo así se puede construir un orbe más cielo que infierno, más de todos que de nadie en particular, más de la poesía que de la política. Está visto que la mayor penuria que tenemos ya no es la material, sino el egoísmo, que nos absorbe el corazón y nos dificulta a la hora de custodiar y conducir a las personas, a las familias y comunidades. Nunca es tarde para ponerse en el camino, de un legítimo movernos todos a una, para poder hermanarnos y reconstruirnos desde lo armónico, a través de un espacio que a todos nos abrace y a ninguno nos abrase.

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