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Nada dura por siempre

By on 23 septiembre, 2017

A pesar de los muchos enfrentamientos que nos dividen, puesto que los conflictos parecen propagarse y los desastres naturales, como terremotos y huracanes, tampoco dejan de sorprendernos, siempre hay motivos para abrirse a la esperanza y trabajar unidos por un futuro mejor. Ciertamente, se detecta una mayor solidaridad, no sólo por parte de las instituciones, sino también por los mismos ciudadanos, dispuestos a prestar apoyo ante las adversidades. Lo que consuela es la prontitud del auxilio, la rápida intervención de las poblaciones al poner en movimiento las energías conjuntas. Estas acciones, verdaderamente, nos ennoblecen al manifestar lo mejor de sí mismos ante el sufrimiento.

Evitemos el dolor. Podemos hacerlo. Nadie me negará, que hoy más que nunca se requiere de esa movilización masiva de ayudas humanitarias. La gente sufre y está agriada de la multitud de sinsabores. Muchos no pueden más. La tensión les puede. Hace falta amainar los vientos para que no sigan con su cúmulo de desastres. La radicalización y los discursos de odio han de cesar con otras políticas más poéticas, más cooperantes, más auténticas, más de servicio y de generosidad hacia toda vida humana, por insignificante que nos parezca. Es cierto. Nada dura por siempre. Es menester, por tanto, activar los abrazos cuando menos para dar aliento, ante los muchos problemas que nos acorralan y nos dejan sin aire.

Las propias dificultades son situaciones que se nos presentan para demostrar lo que se ama. Téngase en cuenta que nada es eterno. Todo se modifica, ni siquiera uno es lo que era ayer. Por nuestra historia, sabemos, que una humanidad avanza solidariamente en la medida que se asiste armónicamente, que afronta los escenarios conjuntamente  y coopera para salir de los problemas reales. Pongamos esto en valor. Hemos de volver a ese espíritu de comunidad, con una visión más ética de toda actividad y de las propias relaciones humanas. Sin duda, necesitamos de otros caminos más coherentes con ese espíritu solidario y de unidad que manifiestan los principios de la Carta de las Naciones Unidas.

Nuestro mundo tiene contrariedades que deberemos atajar entre todos, desde el respeto y la consideración mutua hacia todas las culturas, fomentando la reconciliación y favoreciendo un desarrollo más humano, donde impere la observancia del derecho y el amor por la verdad. Ya está bien de tantas falsedades e hipocresías. Todo tiene solución, menos mal. No hay nada permanente en este malvado entorno de pedestales. Es cuestión de ponerse manos a la obra, de solidarizarse y de repensar en otros estilos existenciales más generosos con aquellos que se hallan en una condición de necesidad. Si en verdad consolidásemos una actitud de servicio, de compartir fraterno, inspirado en el verdadero amor a la vida, todo sería más fácil, activaríamos al menos la concordia social de ser uno para todos y todos para cada uno.

De todos modos, ojalá impulsemos otro modo de ser y de vivir que parta del amor, que mane del corazón del ser humano, sabiendo que todos tenemos miserias que nos impiden reencontrarnos. En parte nada dura para siempre, por esa innata intuición de abrirnos a los demás. Lo fundamental radica en ser puentes, que promuevan la paz y la solidaridad, entre espacios enfrentados. Los pueblos han de acompañarse unos a otros. En cualquier caso, hemos de estar juntos siempre, despojados de todo cinismo. Pongámonos en acción como seres pensantes, sin obviar, que la defensa de los derechos humanos, nuestro mayor tesoro, nos pide menos literatura y más escenario real. Al fin y al cabo, el futuro depende, en gran parte, de la familia humana, que es la realmente protagonista de la construcción o destrucción de si misma. Por eso, mi lenguaje también es el de una sociedad libre y democrática en la que todos podamos vivir amando y con idénticas posibilidades en la entrega.

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