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¿Nos alcanzaremos a subir?

By on 16 agosto, 2017

En una de esas paradojas de nuestra desconcertante modernidad, he llegado a San Francisco, California, para actualizarme en el conocimiento de tendencias tecnológicas que buscan generar abundancia y una mejor distribución de la riqueza, para toparme de entrada, en un recorrido turístico, con sus calles, pobladas profusamente de indigentes, de esos que en estas tierras se conocen como “homeless”.

Nunca he visto, tan cerca de las zonas más modernas y céntricas de una ciudad, tal número de personas, en condiciones de abandono y desolación.
Seres humanos, como tú, lector querido o como yo que, careciendo de todo, deambulan en las calles y se reúnen en cualquier espacio o parada de autobús, con las miradas tan perdidas, como su vida toda.

Inyectándose alguna droga en plena luz del día algunos y otros recostados en el quicio de una puerta, caracterizan el paisaje urbano de esta ciudad tan hermosa y peculiar del país más rico del mundo. Escenas que conmueven aún al corazón más insensible. Insisto. Paradojas de esta modernidad que no podemos ni debemos perder de vista, si de verdad queremos un mundo mas justo e igualitario.

Dramatismo que contrasta con lo que ha ocupado la mayor parte de mi tiempo en esta ciudad costera, en donde, como lo anticipé a mis lectores, esta semana estuve participando en la Global Summit de Singularity University, un evento en donde en tres días, se ha pasado revista de lo más sobresaliente, ocurrido en el campo de lo que se ha denominado las tecnologías exponenciales, las cuales, con su capacidad disruptiva y la velocidad de su crecimiento, son consideradas capaces de contribuir sobresalientemente a resolver los grandes problemas de la humanidad.

No cabe duda de que Peter Diamandis y Raymond Kurzweill han sido visionarios al crear esta institución, orientada a generar programas de educación, generar alianzas con instituciones y gobiernos, así como acelerar startupse invertir capital de riesgo en ellas, entre otras muchas cosas que hacen, para haber logrado tanto, en tan poco tiempo y con tan pocos recursos.

Imposible describir en el espacio de esta columna todo lo que he escuchado y visto en estos días de conferencias, paneles de expertos y talleres de trabajo, relacionadas con la inteligencia artificial, la robótica, la neurociencia, la biología sintética, el “machine learning”, la realidad aumentada, la generación de energía limpia, las bitcoins o los blockchains, la nanotecnología, entre otras apasionantes materias.

Y he confirmado con infinidad de datos contundentes, que nos encontramos en una profunda y acelerada transición hacia un mundo hasta hoy desconocido, en donde las máquinas, efectivamente desplazarán a los humanos de sus trabajos en muchas áreas, los nuevos medios y mecanismos de pago sustituirán a las monedas como las conocemos, los automóviles y otros medios de locomoción recorrerán las calles o carreteras sin conductor, las cosas (los más diversos objetos, como la misma ropa) estarán conectados a la red y a la nube, como lo están ahora nuestras computadoras y nuestros dispositivos móviles y podrán registrar todo lo que hacemos o lo que sucede con nuestro cuerpo y nuestro entorno.

Las energías limpias irán desplazando crecientemente a los combustibles fósiles y nuevas tecnologías permitirán que bebamos del agua de los mares o que produzcamos alimentos en forma sintética. Las impresoras 3D imprimirán objetos en el espacio y existirán infinidad de estaciones en aquellas latitudes, desde las cuales se podrá practicar la minería en asteroides.

Debo comentar a mis lectores que esa alarma natural ante la presencia de esta disrupción general, ha desaparecido, para sustituirse con un optimismo razonado, después de escuchar a todos estos pensadores, científicos y expertos. Pensar en esa pérdida masiva de empleos, lógicamente genera, de inicio, una preocupación por la cantidad de personas que perderán sus trabajos.

Sin embargo, hoy alcanzo a ver las cosas de manera diferente, entendiendo que las máquinas quizás sean más indicadas para realizar trabajos tediosos y monótonos, que no tienen porqué seguir haciendo los humanos.
Trabajos que, además, día con día, estas máquinas, dotadas de lo que se conoce como inteligencia artificial, irán haciendo cada día mejor, incrementando la productividad y generando mayores ganancias, que bien podrán generar impuestos destinados a financiar programas, como la renta básica universal, a que nos hemos referido recientemente, atenuando los efectos de la desaparición de millones de puestos de trabajo.

Queriendo entender el futuro, tiene sentido mirar atrás y contemplar que ya la humanidad ha vivido estas transformaciones, al pasar de una sociedad agrícola a una industrial, en la que, en el resultado neto, los trabajos no han desaparecido, sino se han sustituido por otros, lo cual, no tengo duda, habrá de repetirse.

Poder conocer que países como la India, han suspendido sus proyectos de exploración para la producción de combustibles fósiles para cambiarlos por proyectos para generar energía solar, como también lo hacen ahora algunas naciones africanas, o saber que existen algoritmos útiles para el diagnóstico del cáncer o tecnologías que pueden transformar el agua salada en agua para consumo animal o humano, o ver como un cirujano opera a miles de kilométros de distancia a personas sin recursos, abonan en esta sensación de que algo fantástico podría estar por suceder.

Mirar como, a través de un sistema de transporte conocido como hiperloop, consistente en un tubo al vacío, en el que circulan con sistemas magnéticos a velocidades asombrosas, vehículos que transportan personas o mercancías, puede, con una inversión relativamente pequeña, reducir tiempos de recorrido de dos horas a doce minutos, nos coloca frente a un mundo muy diferente en donde el tiempo ahorrado, se puede transformar en mayor bienestar para millones de personas.

Salgo de aquí, no obstante, con más preguntas que respuestas, pero sin duda la que no me deja en paz es ¿Como país, nos alcanzaremos a subir a estas tendencias o nos pasarán por encima? ¿Qué tanto dependerá de lo que decidamos en el 2018?.

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