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Retrato hablado: Arturo Rivera, un pintor de la oscuridad

By on 7 abril, 2015

No soy un pintor de la luz, sino de la oscuridad. Me gusta recrear en colores la parte oscura de la belleza”, afirma el mexicano Arturo Rivera (1945), quien es considerado un provocador por la irreverencia y la crudeza con las que aborda sus temas.
Esta realidad queda de manifiesto en su obra, que se ha caracterizado por la constante presencia de cráneos, huesos, cuerpos desmembrados, esqueletos, sangre, instrumentos de quirófano y figuras humanas delgadísimas, que parecen sentir dolor, acompañadas de extraños animales.
Ratas, pollos, perros, cerdos, aves, insectos, conejos, toros, aparecen muertos, desmembrados o en actitudes demasiado humanas en un mundo en el que los seres vivos tienen la misma jerarquía. Lo que ha hecho decir a algunos escritores que “hay realidades que no existirían realmente de no ser porque Arturo Rivera las ha pintado”.
Egresado de la Academia de San Carlos, este artista que cumplirá 70 años el próximo 15 de abril confiesa en entrevista que es una persona que no se queda en su zona de confort, que siempre está explorando temas y técnicas nuevas, que siempre busca provocar al espectador.
Si me aburro de una cosa, paso a otra. Por eso hay mucha variedad en mi obra, aunque siempre se ve que soy yo. Me gusta experimentar mucho. El chiste es estar en la pintura, si no, la vuelves un trabajo aburrido y no un acto creativo”, explica.
En la sala de su casa de la colonia Condesa, rodeado de sus cuadros y sus esculturas, Rivera admite que la oscuridad de su obra y su paleta tal vez se deba a que la vida le duele.
La vida es dolorosa. La realidad, la política, lo que estamos viviendo ahorita, lo que pasa en el mundo. Estamos en una época terrorífica, horrible, hay posibilidad de una deshumanización total. ¿Cómo no te vas a manifestar así?”, cuestiona.
Para quien estudió serigrafía y fotoserigrafía en The City Lil Art School de Londres, de 1973 a 1974, toda su pintura es un autorretrato, aunque sólo en algunos de sus cuadros aparece como modelo, como un personaje más.
Toda la pintura que hago es un autorretrato, aunque sea una flor o una mano, porque expresa lo que siento, me expresa a mí. A veces soy mi propio modelo, pero sólo es para empezar algo. No se me hace difícil hacer esto, porque me pienso como un personaje más de la escena”, señala.
Con 45 años de trayectoria creativa, Rivera dice que sus conceptos como artista no han cambiado y nunca cambiarán, así que ratifica que los objetivos de su arte son conmover y perdurar.
La pintura y todo arte se siente, como la poesía. Yo me entiendo más con los poetas que con los críticos de arte. El poeta no ve la imagen ni la describe, sino que la siente y trascribe su sentir, así somos los pintores”, aclara.
Dice que tampoco ha cambiado, en estas más de cuatro décadas, su método de trabajo. “Nunca he hecho bocetos previos. Pinto directo sobre el lienzo, aunque después vienen los ‘pentimentos’, es decir, los arrepentimientos de cosas que ya no te gustan y las quitas o las cambias.
Hay cuadros que castigo cuando ya no sé cómo salir o resolverlos y, después de dos años, los ‘descastigo’, aunque muchas veces no recuerdo por qué los castigué y termino haciendo algo diferente. Es decir, pinto como me va naciendo, como siento el tema”, asegura.
A contracorriente
Aunque presentó su primera exposición individual en 1970, en la Galería del Molino de Santo Domingo de la Ciudad de México, Arturo Rivera considera que se “injertó” en el mercado del arte mexicano en 1981, cuando regresó de Alemania, y al año siguiente expuso en el Museo de Arte Moderno.
El también escultor estuvo fuera del país más de una década. Primero vivió ocho años en Nueva York, donde, para sobrevivir, realizó trabajos como albañil, ayudante de cocinero y trabajador en una fábrica de pinturas. Sin embargo, estos oficios no detuvieron su labor creativa: en 1978 montó una exposición en la Jack Gallery de la Gran Manzana, y en 1979 otra en la Walton Gallery.
Así fue como el pintor Max Zimmerman vio una de sus obras en el Instituto Latinoamericano de la calle Madison, lo buscó y lo invitó a trabajar con él en una ayudantía en la Kunstakademie de Múnich, Alemania.
A su regreso a México, recuerda, se encontró un panorama totalmente distinto al de Europa. “Aquí seguía la Ruptura y sus seguidores. No es que estuviera mal, pero casi no había pintores realistas. Yo rompí con eso sin querer.
seguí en contra de esta corriente y aposté por el realismo”.

Rivera dice que nunca se sintió realmente integrado al grupo de creadores que estaban trabajando cuando él regresó, pues eran más jóvenes que él. “Siempre fui criticado. No fui aceptado realmente”.

Incluso acepta que llegó a no creer en el arte. “Quemé mi caballete, diciendo ‘muera la pintura’. La dejé muchos años y me dediqué al diseño gráfico. Me costó trabajo regresar y empecé donde me quedé: el dibujo”, añade el artista.

Pero desde esa ocasión, quien ha mostrado su trabajo en Nueva York, Puerto Rico, La Habana, Múnich, Medellín, Roma, Berlín, París, Tokio, Londres, Polonia y los países nórdicos no ha dejado de pintar.

“La pintura es ante todo un oficio que no se aprende en una facultad, porque no es una teoría, aprendes más pintando y viendo, hay que saber ver”, apunta.

Así, Arturo ha explorado con intensidad la figura humana, a la mujer y temas como la medicina, la muerte y la religión, en especial a Cristo. “Yo soy ateo. Pero vivo en un entorno católico. Mis referencias a la mitología son católicas o griegas”.

A sus 70 años, con tres hijos y una nueva esposa, María Nava, también artista plástica, Rivera está convencido de que se morirá con el pincel en la mano, como Rufino Tamayo.

“No le temo a la muerte. Uno muere cuando empieza a nacer. Por eso hay que vivir y hay que sufrir, porque la vida se acaba”, afirma el artista cuya obra se encuentra en importantes colecciones en México, Houston, Nueva York, Suiza y Helsinki.

De lo que está completamente seguro es de la inmortalidad de la pintura. “La pintura no terminará, tiene 30 mil años de existencia, ¿tu crees que unos palos y un condón colgado van a acabar con la pintura?, dice en alusión al arte contemporáneo y ratifica su pasión por el lienzo y los colores.

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