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La peor prisión es un corazón indiferente

By on 29 enero, 2015

El mensaje del Papa Francisco, para la cuaresma 2015, no puede ser más explicito: «fortalezcan sus corazones». Sin duda, la peor prisión es un corazón indiferente. Naturalmente, la insensibilidad es tan acusada en todas las culturas, que hemos convertido el planeta en un viaje habitado por auténticos monstruos. Cuando se toma como actitud de vida, que cada individuo no piense más que en sí mismo, nos olvidamos de los demás, y entonces nuestro propio corazón, sólo siente por sí y para sí. Indudablemente, este proceder egoísta, ha alcanzado una dimensión tan amplia, que podemos hablar de una apatía hacia nuestra misma especie.
El Santo Padre habla, justamente, de una globalización de la indiferencia. Por desgracia, solemos escondernos en la fría dejadez ante el sufrimiento de los otros, incluso cuando somos los causantes.
Tanto es así que asistimos a una desgana total por el valor de la vida humana. Resulta público y notorio que todos podemos hacer más por los demás.
Yo, como aquel célebre escritor francés: Anatole France, también «prefiero los errores del entusiasmo a la indiferencia de la sabiduría». Desde luego, avivar el egoísmo no conduce a buen puerto, hasta el punto que los grandes acaparadores son el injerto de los grandes males.
Evidentemente, no hay cristales de mayor aumento que los propios ojos del ser humano cuando mira su propia persona, el exceso es tan incuestionable que hay ciudadanos que se animan, con tal que ellos, y sólo ellos, puedan seguir cosechando riquezas para sí.
Precisamente, para no caer en esta cultura de pasividad, de encerrarse en sí mismo, el Papa Francisco propone tres sustanciosos pasajes para meditar acerca de este cambio, tan necesario como preciso.
El primero se refiere a que «si un miembro sufre, todos sufren con él; y si un miembro es honrado, todos se alegran con él» (1 Co 12,26). Ciertamente, puesto que estamos unidos al Creador, o a una misma fuerza creativa (la de la especie humana), todo ha de afectarnos. La humanidad es una familia única, y como única ha de estar unida e indivisible, para seguir siendo ella misma.
El segundo punto hace mención a «¿dónde está tu hermano?»(Gn 4,9). La misión es el amor, sin condiciones, ni condicionantes. El amor de amar en su verdadero esplendor, hasta los confines del orbe.
El tercer fragmento nos lleva a la cita de que «fortalezcan sus corazones» (St 5,8). Indudablemente, puede que estemos saturados de noticias que nos narran el sufrimiento humano, y tal vez podamos sentirnos abrumados, incapaces de consolar tantas miserias, pero la indiferencia jamás va a ser solución, y máxime cuando nosotros mismos podemos llegar a ser nuestro peor enemigo.
También conviene recordar que frente a esta cultura insensible, también hay otras personas verdaderamente admirables, que ponen en peligro su vida a través de operaciones humanitarias.
Por otra parte, la falta de implementación de leyes y de rendición de cuentas de las autoridades, así como los escasos avances en la lucha contra la ilegalidad, generan las condiciones para que se produzcan violaciones a los derechos humanos y hechos violentos por doquier lugar.
Convendría, pues, desde el respeto y el saber apreciar la riqueza y variedad de las culturas del mundo y las distintas formas de expresión de los seres humanos, hacer hincapié en otros cultivos más de compromiso con el ciudadano, con todos los ciudadanos, sin distinción alguna.
Nada de lo que ocurra a un morador del planeta nos debe resultar impasible o ajeno.
En todo caso, frente a la preocupante indiferencia e inercia de muchos de los sistemas de justicia de algunos países para investigar y perseguir hechos delictivos, que se traduce en un alto índice de la impunidad, tampoco podemos, ni debemos, permanecer callados. Ha llegado la hora, por consiguiente, de activar otros caminos más transparentes y equitativos, tomando auténtico partido en caminar unidos como especie, todos juntos hacia la paz, o nunca la encontraremos.

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